jueves, 15 de enero de 2009

MIS ZAPATOS Y YO PARA SIEMPRE.

Zapatos de Michel Tcherevkoff.





Yo había estado en mi puesto de trabajo toda la mañana, incómoda y de malhumor, sin tener una razón que lo explicara o justificara. Aquella mañana hacía mi trabajo, como siempre empeñada en llevarlo a cabo lo mejor posible, pero molesta, como si hubiera decidido que no tenía que estar ni allí ni, mucho menos, trabajando.
Así que, estaba en mi escritorio, seguro que con el ceño fruncido, con cara de pocos amigos, y con un talante que nadie osaba interrumpir, más que para algo absolutamente necesario.
Ningún comentario acerca del tiempo, ni del último partido y mucho menos cualquier noticia seria o de actualidad, ni siquiera sobre el programa de tele de la pasada noche.
Hay que tener en cuenta que se iniciaría, por aquel entonces, la emisión en color y los vestidos de las presentadoras o sus invitadas, los peinados y sus sonrisas, eran terreno abonado un par de minutos casi todas las mañanas, es decir: actualidad, deportes (especialmente futbol) y el programa del día anterior, no necesariamente en este orden.
Más incluso, quizá, por parte de los hombres, pues nosotras ya estábamos habituadas a vestirnos, peinarnos, pintarnos y sonreír durante toda nuestra vida, preocupadas por los atuendos, nuestros y de las demás.
Hacia el mediodía, después de unas tres horas de tarea, supongo que batallando como siempre, me levanté, atravesé toda la oficina, abrí una puerta, recorrí un pasillo, torcí a la izquierda y anduve hasta el servicio.
De regreso, mismo recorrido a la inversa y, seguramente, después de cruzar alguna palabra con alguien que bajara o subiera aquellas escaleras que casi todos habíamos medido rodando, en algún momento de nuestras vidas en aquellos espacios.
Y, tras abrir la puerta que comunicaba dos de los cuatro amplios recintos de trabajo, algo noté. O, quizá fuera ese sexto sentido que muchas veces nos advierte de algo inusual, estrambótico, ridículo o estrafalario, algo fuera de lo normal o de la regla..., el caso es que bajé la mirada hacia mis pies y un “¡ah!, que fue casi un grito, se me escapó.

Llevaba dos zapatos distintos y ¡el colmo!, de tacones de distintos grosor y alturas; ambos negros eso sí, pero uno era un zapato de esos de invierno, fuerte y cerrado y el otro, un asaz ligero zapatito de paseo, Unos 2 centímetros separarían sus alturas.
Victoria, siempre al quite, ya había dirigido también su mirada a mis pies, soltando la gran carcajada que, poco a poco se extendió a todos los demás y que hizo posible que “mis zapatos” se convirtieran, junto conmigo y de manera ya inseparable, en motivo de jolgorio, chanza, burla y diversión.
Durante mucho tiempo y todavía hoy. Con mi total aquiescencia y complicidad, desde luego.




9 comentarios:

Melba dijo...

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Es mujy importante el uso de zapatos cómodos. Y ahora estoy aprendiendo, la importancia de usar dos idénticos :D ¡JA!

Internautilus dijo...

Me gusta este relato; divertido y simpático. Y comprensible el hecho: ¿quién no ha ido alguna vez al trabajo con un zapato o con un calcetín de cada clase? Yo, cada vez que alguien me decía "Victor, llevas un calcetín de cada color", le respondía: "Sí, lo sé. Tengo otro par igual en mi casa"

Zoe dijo...

Ahora se lleva lo desparejado... No estaría imponiendo una moda???...Los zapatos en los sueños son el envoltorio de nuestra alma...hay quien lleva zapatos holgados y hay quien aún va descalza...esta chica lleva uno de cada clase...
Me hiciste sonreir, hoy se va arreglando el día que amaneció nublado...gracias

XoseAntón dijo...

Y gracias, alguno llegó al trabajo en zapatillas sin darse cuenta. Los hay muy despitados y no quiero señalar a nadie.

Gracias por la sonrisa fonsilleda; por tu visita y por añadirme como amigo.

Bikiños

Balteu dijo...

Nunca me ha pasado con los zapatos, con los calcetines sí, por suerte, no de diferente color.
Es un increíble relato, contado como siempre, con el arte de tu pluma, compañera.
Me has hecho dibujar una sonrisa y eso siempre se agradece, me gustó mucho.

Un bico.

Angelus dijo...

Me ha encantado este relato, posee un no sé que de la primera vez.

Recuerdo que una vez yo salí desnudo a la calle y no me di cuenta hasta que subí a un taxi... ains, perdón esto lo hizo un personaje de mi novela (risas)

Felicidades!

Dante dijo...

Jaajajaja. Tu relato me recordó una situación identica vivida por Marce de la que además yenemos las fotos para "recordárselo" cuando queremos hacerla enojar, jaj. Ya te lo contaremos por msn. Besazo, preciosa.

RosaMaría dijo...

Ja jaja.. siguen las risas, aún no se si es ficción o verdad, lo que indic que está muy bien escrito. Te envío un cariñoso abrazo.

jacker dijo...
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