
Hoy estoy vacía de ideas. Ni un triste recuerdo y mucho menos un pensamiento que valga la pena reflejar en esta página.
He estado escribiendo, claro que si. He estado derramando palabras que me surgen si dejo a los apéndices en los que terminan mis manos, completamente libres, sin la sujeción o el control que el cerebro ejerce sobre ellos y que forma parte del proceso normal de la escritura.
En ocasiones, tengo la impresión de que es así, de que es real que, conscientemente, yo sólo coloco mis dedos sobre las teclas y ellos van pulsando ésta o aquella letra o símbolo, enlazando términos, palabras e ideas al margen de mí. Tal como hacen los pies al conducir que parecieran totalmente independientes y que nadie o nada les dictara qué hacer, de tal modo que, libremente pisaran freno, acelerador o embrague, de una forma totalmente autónoma, mientras la mirada, los brazos y manos, harían lo propio en la parte reservada a ellos. De una manera automáticamente libre.
Tengo dedos independientes. Qué absurdo pero también qué real lo percibo a veces porque, sin intención concreta, sin ánimo de escribir sobre tal o cual aspecto de mi vida, de la de los demás, del cualquier clase de noticia que me haya llamado la atención o de un sentimiento surgido, ellos, soberanos e independientes, van formando, delineando, tallando, dando color y manejando un texto, que les pertenece, es ajeno a mí aunque haya salido de mi misma.
Abro la página en blanco, pongo mis trabajados y corrientes dedos sobre las teclas, en el lugar que sé que les corresponde tras tantos tiempos de práctica y de mimo, observo detenidamente la hoja sin mácula y ¡oh maravilla!, con alacridad, lentamente o con una velocidad aprendida, va llenándose.
Como este texto de dudosa inteligencia y de extraña manufactura que ahora escriben. Suponen que tienen derecho. Su autonomía parece real.
No es empero un cisma, ellos y yo sabemos que es así, que nos pertenecemos en esta absurda dependencia, que nos complementamos. Si bien es posible que no con la perfección precisa, ya que mi gusto y deseo sería hacer siempre grandes textos, aun contando con mi parca erudición, mientras que ellos, abandonados por el control de mi ego, se limitan a plasmar lo que uniendo letra a letra les va surgiendo.
Hoy mis manos y sus apéndices han tomado la iniciativa pues conocen bien que me hallo como el día y también saben que mi cerebro va a reconocer, incluso agradecer, su autoría y su labor; han captado con inteligencia táctil que sin ellos soy apenas nada.
Es posible que yo, ahora consciente, tenga que obligarme a dirigirles porque su quehacer pudiera volverse demasiado importante y, lo que es peor, necesario e imprescindible, además de imprevisible y manifiestamente soberano.
Quizá lo único que mi yo consciente, haciendo uso de su facultad que es un antojo hoy, pueda salvar de esta entrada, sea la imagen. Porque ahí sí que he intervenido eligiendo, depurando la selección, decidiendo por qué u obviando el motivo porque sí, porque no preciso ni busco gracia alguna , porque también me gusta dejarme arrastrar por algunos impulsos, porque la he visto y he dicho: ¡qué calma!, porque ésta sí la trae mi cerebro, mi mirada, mi sentimiento que abarca mucho, mi yo casi siempre un poco nostálgico y mis adentros que no dejan de mirar.
Esa playa en grises, bañada por una bruma otoñal: brillante, serena, apaciguada de gentes o aves que huellen sus finas arenas, sosegada de ruidosas olas o vientos, inundada de aromas a algas y sal, con acentos de todos los mares u océanos, pienso que tiene belleza suficiente.





