Me dispongo a dedicarme un rato. Es decir, a regalarme uno de mis grandes placeres, porque luego tengo otros, “pequerrechos”, como sin importancia. Ahora deseo oír y escuchar música.Por tanto, en este momento, no quiero mirar hacia atrás, ni dejarme influir por las tragedias que marcan las noticias diarias, tanto en prensa, como en radio o televisión. Sencillamente, pretendo no dejarme influir por nada ajeno al mundo sensitivo.
El día está tan gris e influenciable que tampoco deseo dejarme arrastrar por la vorágine del viento que sopla o esa bendita lluvia que no cesa de caer con tesón.
Dejaré solamente que me lave, que limpie y asee los pensamientos asentados en un cerebro bien proclive a esta morriña tan nuestra, pero también a dejarse invadir por forasteros sonidos y por la belleza que encierren.
La melancolía hoy, deseo aparcarla ahí, en ese “recuncho” de las cosas inútiles. No quiero que mi mente se contagie de esa parálisis que producen a veces los recuerdos, el día o las crónicas. No necesito ese estupor y entumecimiento que me puedan llevar a una insensibilidad sensorial y, menos todavía, quiero dejar arrastrarme por la aflicción. Necesito todas mis terminaciones nerviosas alerta.
Abro el cráneo con la sierra de la atención para que todas las neuronas reciban sonidos, imágenes, sabores y tactos, mientras imagino todos los gratos aromas. Arriben todos, del lugar que sea. El oído se hermana para su disfrute, con los otros sentidos míos.
Quizá sea el viento, que sopla con la fuerza de todas las tempestades imaginadas, el que me traiga con sus rugidos nacidos en todos los tiempos, algunos sones cargados de estampas de otros lugares. O probablemente sea la tibieza del día, con su caricia leve, la que exalte ahora mi piel.
Es posible que el agua que implacable besa el suelo, no sean lágrimas nostálgicas de espacios y latidos ausentes, sino sólo metáfora alegre, de retales de fiestas y mangueras remojando cuerpos sedientos.
Este color neutro que carga añoranzas y penas o que pone ese acento en el gris u oscuro de la belleza melancólica, lo miro hoy con mis ojos entornados y soñadores, dejando traducir entonaciones distintas, también muy hermosas.
Tengo la piel, con sus poros y el vello dispuestos. Mis orejas, ahora, no son otra cosa que el foso de un imaginario auditorio cargado de años, instrumentos, de notas y claves.
Las huellas de mis dedos, siempre sensitivas, están hoy más dispuestas que nunca. Se prestan, con gracia y arrojo, a dar un paseo por todo lo que ha de venir. Sea lo que fuere, desean sentir y dejar que el sonido penetre por las crestas papilares que las conforman, definen y hacen únicas.
Mis labios, un poco tensos, buscan el sabor de aquel beso primero o aquel presentido y nunca llegado, dispuestos a dejar que su extrema sensibilidad absorba, madure, retenga o guarde pero, sobre todo, paladee las polifonías y armonías que lleguen.
El olfato se une y parece que presta su delicada pituitaria a tal fin.
Alargo mi mano, coloco la música elegida y, dulcemente, con esa exquisitez que marca lo excelso, dejo que todos los sentidos reposen en el sonido y que, despacio, con calma, me vaya invadiendo.
Debo cerrar mi mirada para concentrar la belleza y frenar esa incipiente e inoportuna gota salada que surge enternecida y pugna por rodar mis usadas mejillas.
Noto mis interiores expectantes, anudados, y retorcidos por tal emoción.
Mi mente, vacía de imágenes o palabras cotidianas, tan solo se inclina al placer y deleite que le produce la melodía que escucha; se recuesta tranquila si ésta es suave, meciéndose con el leve ritmo que porta o, ahora emocionada, cabalga al ritmo que marcan espléndidas percusiones y que apoyan acciones que yo traduzco heroicas. Mientras luego, un poco más tarde, aplaudo imágenes que hermosean un espacio que es ahora y es sólo mío.
Y sigo escuchando, tan pronto reposada, como excitada o curiosa, incluso furiosa, triste o dudosa, siempre turbada y un poco conmocionada. Todo depende de lo que me cuente esta música que he elegido hoy y que resulta serena o grave, intensa o suave, rítmica o lenta, cubriendo matices sin fin.
Pienso en la belleza que no sé lo que es pero, que ese algo intangible que encierra, produce deleite, calma y pasión.
Abro los ojos, los cierro, los abro de nuevo y es la mácula de mi retina la que localiza detalles, misterios ocultos entre las líneas de un pentagrama que parece que yo conociera o supiera leer.
Es la música hoy la que me hace sentir y vibrar. Otro día es posible que sea una imagen, un relieve, un árbol o la mar.
Feita de longas horas




