sábado, 24 de enero de 2009

EL SR. SEGUNDO Y EL AZAFRÁN

Mamá solía enviarme a comprar azafrán a la de Segundo, que estaba un par de casas más allá.
Era el Sr. Segundo, el patriarca de una numerosa familia. Estaba casado con la Sra. Elisa, a quién hemos dejado entrando en la Iglesia, con su manera particular de arrastrar los pies, para jolgorio de alguna parroquiana siempre bien dispuesta a la risa.
Cuando mi vida se iniciaba, estas dos personas ya no eran jóvenes. Tenían un enorme comercio en el que se podía encontrar, desde unos alfileres o una cinta para el pelo, pasando por el último “Capitán Trueno” o el “Guerrero del Antifaz”, amén de cualquier articulo que tuviera cabida en una tienda de ultramarinos bien surtida.
Allí se compraba la tela para un abrigo, los calcetines, las madejas de lana para las labores de punto, que luego en las casa calcetaban a ritmo de tejedora automática, pero también la última revista de moda y el mejor aceite de oliva o azúcar.
A mamá le gustaba el azafrán que tenía el Sr. Segundo, pero no el que venía empaquetado en aquellos sobrecillos pequeños tan comunes en aquellos tiempos. Le gustaba el que tenían a granel. Recuerdo perfectamente su aroma y su color: deliciosos.

Buenos días, ¿qué quieres?: 5 pesetas de azafrán (seguramente sería menos la cantidad en pesetas, pero mi memoria es olvidadiza para las cuestiones de dinero, porque en aquellos tiempos y para mí, siempre eran cantidades descomunales, pues lo más que llegaba a mis toscos bolsillos agujereados, eran uno o dos patacones o, como mucho, una peseta: rubia o de papel).
Desconozco los motivos por los que, mientras vivió y hasta dónde alcanza mi memora, el único que lo despachaba era él, el Sr. Segundo, aunque al menos dos de sus hijos, siempre estuvieran allí compartiendo quehaceres y atenciones.
Así que, después de mi petición, como siguiendo un patrón estudiado o una lógica que yo daba por aprendida y de la que supongo que nadie conocía el origen, este buen hombre, callado y serio, se dirigía directamente al mostrador más alejado de la puerta de entrada, al fondo a la derecha y yo hacia allí llevaba mis pasos, mirada y olfato expectantes, previamente enganchada al ritual que sabía se iba a producir y que yo consideraba que era un espectáculo casi mágico.
Lento y sin distracciones, sin hablar con nadie (salvo que lo interrumpieran con alguna pregunta, lo que no le gustaba demasiado), se disponía a sorprenderme cada vez con su estudiado y repetido método, aunque yo supongo que él desconocería mi admiración.
Cortaba a mano, doblándolos sobre si mismos las veces que fuera preciso, aquellos impolutos papeles. Siempre del mismo tipo y tantos como fueran necesarios para la cantidad solicitada por mi, exactamente del tamaño que sus manos o cálculos mentales tendrían absorbido y que, probablemente, sólo él conocía.
Echaba con tino, sobre uno de esos papeles debidamente doblado, una pequeña cantidad de producto y luego, lo tomaba casi con mimo, como si de algo muy frágil se tratara, en su mano derecha, entre los dedos pulgar e índice, bien acomodado en el ángulo que ambos forman.
Con el azafrán (nunca vi que derramara algo) bien asentado, ponía su mano derecha sobre otro de los papeles cortados y, con leves golpes de su mano izquierda, la derecha iba dejando caer hasta doce montañitas, perfectamente alineadas, de polvos que, mis ojos abiertos y pasmados, trataban de encontrar diferentes en cuanto a tamaño o cantidad, mientras, al mismo tiempo, mi mirada y olfato se dejaban seducir.
Entonces llegaba el momento del empaquetado, siempre riguroso y siempre igual. Colocando el azafrán en el centro, doblaba el pequeño papel a la mitad y procedía a hacer una pequeña pestaña, creo que doble (como de medio centímetro), en la parte superior. Con sumo cuidado, llevaba el extremo izquierdo hacia la parte de atrás y, luego de volver a acomodar el producto, giraba el otro lado, sujetando ambos perfectamente por dicha pestaña.
Ya tenías el sobre perfectamente cerrado y sin posibilidad alguna de que se abriese o de algún tipo de derrame. Exactamente igual que los que ya venían preparados.
Como primero distribuía el azafrán, en cada uno de los papeles que yo me iba a llevar, mis ojos, durante toda la operación, se paseaban asombrados de uno a otro, intentando encontrar la más mínima diferencia entre los montones de aromático producto. Nunca lo conseguí, como tampoco pude hallar diferencia en el tamaño de los pequeños envoltorios.

Imagen: Santiago Garci, "Azafrán en la casería"

12 comentarios:

XoseAntón dijo...

Cómo me ha recordado "A Casa de Manolo", esas, tus palabras, parecen mis propias andanzas. Ese: -Dame una peseta de azafrán (colorante, pero se le llamaba azafrán), que cerca me ha sonado.

Bikiños, Fonsilleda.

Internautilus dijo...

Bonitos recuerdos, momentos de infancia que nunca se olvidan... Pero aún somos niños ¿verdad?
Besos,
V.

Simetha dijo...

Que delicia, casi pude oler el azafrán y verte allí, con esa mirada tuya que tanto imagino... seguro el senior segundo la también la sentía. DEjo mi abrazo

Alles Liebe
^^(°°)^^

Zoe dijo...

Mientras te leia iban sucediendose las imagenes unas tras otra, el SR Segundo, tu mirada,el azafrán vertiéndose, los pequeños `paquetitos en tu mano y tus ojos de niña como los de anoche o los de hoy mismo...
UN PLACER LEERTE SIEMPRE

BICOS

Angelus dijo...

Vaya, me ha gustado ese tiempo inmemorial. El sr Segundo es como el señor cubero, de donde salió el dicho: A ojo de buen cubero, una historia que soprende tambien.

Lo que no sabía es que había billetes de una peseta, alguna vez vi un billete de cien pesetas, pero de uno, nunca.


Felicidades popr tan estupenda historia.

Manuel Montesinos dijo...

Desde luego lo has retratado tan bien, que parece otra tienda que había en mi pueblo.¿No sería la misma?.
He pasado un buen rato.
Manuel.

balteu dijo...

A mí también me tocó de hacer esos recados, recuerdo que era una peseta de azafrán y tu relato me trajo a la memoria, el aroma que en el apartado aquel de la tienda había con todas las especias.
Me gustó evocar esos tiempos, gracias por avivar esos recuerdos.

Un bico.

anabel dijo...

Da gusto recorrer tu texto despacio, disfrutar cada una de sus letras, pararse aquí o allá para sentir la intensidad del momento: se huele, se palpa, se visualiza... cada escena.
Me encanta leerte y pararme en la inmensidad quieta de tantos recuerdos.
Un biquiño y más.
PD. Te he dejado un regalito en el blog.

Cuspedepita dijo...

El señor Segundo tenía la práctica de los años que le llevó a la perfección en su trabajo.
Ya me gustaría algún día alcanzar semejante nivel en el mio :-)
Mis tíos repartían azafrán entre toda la familia hace años, podía ver su color mientras iba leyendo.

Dante dijo...

Aquí también se compran hasta nuestros días, muchos productos sueltos y por pesos, los que se convierten en un arte también por parte de los que lo pesan y envuelven a los ojos de quienes lo compran. Más si se trata de niños. Me recordaste cuando ibamos con mi hermana a comprar algunas de estas cosas y nos quedábamos mirando como envolvían la mercadería sin que se abriera ni se rompiera el envoltorio. Todo un arte. Ya lo creo. Un gustazo leerte.

Moni dijo...

Me has hecho volver a mi niñez...Que bonito es poder evocar y plasmar en lineas como las tuyas las sensaciones vividas, irrepetibles e inmortales al escribirlas y al ser leidas...
Muy bonito, gracias
Soy Mónica, vendré más por aquí...Con tu permiso claro

Moni dijo...

Me has hecho volver a mi niñez...Que bonito es poder evocar y plasmar en lineas como las tuyas las sensaciones vividas, irrepetibles e inmortales al escribirlas y al ser leidas...
Muy bonito, gracias
Soy Mónica, vendré más por aquí...Con tu permiso claro