sábado, 8 de enero de 2011

APOSENTO IV (BELÉN VERSUS VIA CRUCIS)


Estos días pasados, llenos de impuestas alegrías y deseos, que se repetirán indefectiblemente después de doce nuevos y viejos meses, recibe mi memoria todos los queridos fantasmas que adornaron y enriquecieron mis vidas de todos los otros tiempos y, con ellos, un pétreo aposento, poco iluminado, con aromas a incienso, mezclados con humedades de lustros e historia, que lo impregnaron para dejar huella y relieve.
Ya he hablado largamente sobre él y los humanos que lo habitaron en el pasado, pero ahora se halla vacío de latidos y mi mirada está teñida de infantiles rasgos. Bien sé sin embargo, que recuerdos tan novicios y lejanos pueden ser engañosos, por estar formados de pinceladas de aprendizajes primeros y de morriñas. Pero así son las cosas en mi corazón.
Aparece primero, frío y oscuro, poblado únicamente con aquello que le es propio: corazones sin vida atravesados por puñales, miradas fijas, rostros de mirada bondadosa, pero incapaces de caricia o comprensión a pesar de las manos tendidas, goterones de sangre y dolor... A mi pesar sin embargo, porfían sus muros con los recuerdos, poblados de alegres y dulces apariciones, con sonrisa en el rostro, alas de cielo y manos prestas al mimo. Y todo ello a pesar de que, ni la esencia de las flores que lo adornan con maravillosos colores y formas, consiguen paliar aquel ambiente de olor tan rancio, como de putrefacción disimulada y engañosa.
Su planta, por tradición y para que el sacrificio no caiga en el olvido de seres que tienden a ser inconstantes, tiene forma de cruz y otra, de forma machacona, lo preside, abraza y abarca.
A lo largo de los muros laterales, están suspendidas las estaciones de un severo y tétrico Via Crucis, para recordarnos aquellos momentos terribles vividos por un carpintero de 33 años, en su paseo a la muerte. Y le llaman hijo de Dios y dicen que nos ha salvado y que era joven y bueno como mis hermanos recordados siempre.
Retumba en mis infantiles oídos el martilleo y sonido de los nombres de cada una de las pisadas recorridas por El Hombre siglos atrás, asustando una mente impresionable y cándida, que siente un miedo absurdo y forzado. El recuerdo tiembla todavía ante tal sacrificio y sigue sin comprender a las gentes que asomaban su paso y que no prestaban socorro. Así, cuando suena la “tercera estación, Jesús cae por primera vez” y se oye el látigo restallar furioso hiriendo compasiones, la niña busca gestos de auxilio, manos tendidas y apoyo, pero sólo encuentra un triste Cirineo, que pasó a las memorias como ayudante obligado. Agazapada siempre, la mirada de la niña se pliega al temor, la pena y el asombro.
Todo habla allí del hombre que naciera bajo un pobre portal, alumbrando y alegrando vidas pastoriles y de reyes lejanos, guiados por oportunas e iluminadas estrellas que cruzaban el firmamento anunciando una “buena nueva”.
Por eso, los días que ya se fueron, si observo sus muros con los ojos del pecho, sus paredes se visten de fiesta y consigo distinguir en alguna de sus piedras, un naciente tono, húmedo y verde que bien conozco e imagino el futuro musgo de color verde intenso, como aquel otro que las niñas, siempre dispuestas a epopeyas conocidas y aventuras de cestas y robledales, de muros y piedras, salíamos a recoger con ahínco y felices. Aquel verde preciado pertenecía a un rural que siempre está tan cerca, a la vuelta de aquella curva de la memoria y ahí, las uñas negras y rotas, de despegar de su asiento tan preciado color, siempre encuentran su premio.
Más tarde, esa aromosa y mullida cama, alguien maduro y con ligeras dotes artísticas, pero empeñado en teñir de humedades y nieves la Palestina de Belén, la utilizaba para la representación del natalicio más famoso del mundo: cada año distinto, cada año igual, pero que encandilaba incipientes corazones y sembraba risas y deseos.
Hoy, con la mirada y el alma madura, sé que aquel recinto gris guarda, como pocos lugares, mis pasos y el de toda la gente que amé aquellos días, la que permanece en mi mente, la que influyó aquellas jornadas, las primeras sensaciones, incluso lo que más tarde sembró de lágrimas el rostro.
Aunque, aquellos miedos, aquellas certezas y aquellas ilusiones, permanezcan ya para siempre, gélidos y bien enterrados bajo aquellas vetustas, pero queridas, piedras.

Imagen: Elia Fuentes, Seixo, Xalundes: http://www.flickr.com/photos/seix0
 

21 comentarios:

Montserrat Llagostera Vilaró dijo...

Hola querida amiga.

Veo que este via Crucis te acongojaba.

Pero tras la Pasión y muerte, vino la Resurrección y para mi es lo que me llena de esperanza la Resurrección.

Bueno en la vida hay un poco de todo.
Y la gran esperanza es resurgir de entre las cenizas y rebuscar los bellos recuerdos que no dan energías en el presente. Bueno estas son algunas de mis herramientas mentales.
Siempre la Esperanza, has visto he puesto mi blog de este color.

Es un placer leerte.

un abrazo, Montserrat

TORO SALVAJE dijo...

Gracias por esos pedazos de tu infancia que tan generosamente compartes.
Es una delicia.

Besos.

Roberto Esmoris Lara dijo...

hondas grutas de la infancia, desconcierto del miedo.¿Por qué el más puro nacimiento debería cargar una cruz irremediblemente? Recuerdo una copla:
"rubio chiquilín, labios de coral
desnudo como el agua quiso nacer
llenos de bondad los ojos del buey
igual que a una flor lo contemplarán"
En nuestra niñez no había "data" sobre la muerte.
Bicos, Anafonsilleda, desde el corazón-niño.

Estrella Altair dijo...

Que bonito relato... me ha gustado, es intenso.. y sentido..
y se me viene a la cabeza esos de que quedan enterrados en las vetustas piedras...

pero solo queda enterrado lo que no se ama, lo que se ama vuela libre junto a nosotros.. en nuestros corazón..

Un beso

El Drac dijo...

Realmente te envio por haber podido ver con tus propios ojos uno de los lugares que más trascendencia histórica tiene en el planeta. Te envío un fuerte abrazo

Susi DelaTorre dijo...

Intensos recuerdos, tan unidos al tejido que conforma el alma.
En ésas verdes piedras reposan risas y deseos.
¡Las letras se intranquilizan y te brotan!

¡Me gusta tu mirar maduro, Fonsilleda!

Taty Cascada dijo...

Siempre grabamos en la memoria todo aquello que nos ha dejado algún grado de conocimiento, una fuerte impresión, algo que nos ha desprendido de la realidad. Tus añoranzas van de la mano de una religiosidad predominante, tanto, que todavía estoy segura, puedes respirar el aroma de esas calles.
Un beso amiga.

Chousa da Alcandra dijo...

Resúltame curioso que, a pesares de certas penas que hoxe lembras e compartes, escolleras como imaxe a delicadeza do musgo.
Eu considero o musgo como a capa de gala das pedras. Suaviña e mullida.
(Vou calar, que me poño filosófico tamén).

Boa dicotomía entre festexos de nadal, cos viacrucis.

Bicos de domingo

Higorca Gomez Carrasco dijo...

Pienso igual que tú, me ha impresionado tu relato, su exposición, tus recuerdos, todo ello unido en un mágico "cuento" y yo me pregunto ¿Porqué tiene que ser todo alegría? ¿Porqué no recordar todo lo que dejamos detrás? ¿En eso no piensa Dios? Todo es lo que aquellos que nos manejan quieren. Añoranzas tuyas que me uno.
Muchos besos galleguiña poderosa.
La próxima vez que visite Vigo, nos vamos a tomar un cafetiño.

ARO dijo...

Estupendo relato, tan intenso y lleno de sentimientos. Ha sido un placer leerlo y otro releerlo. Saludos.

paideleo dijo...

O Belén ten máis maxia ca a árbore e os ollos adultos sabémolo. O Leo botou todo o nadal buscando Herodes por que non sabemos que historias lle meten en relixión.
Sempre nos queda o musgo para ser felices.

Marisa dijo...

Ese musgo cuantas "lembranzas"
te han traído.
Belenes y Viacruces de
la infancia guardados
en la memoria.

Un abrazo muy grande

Rosario dijo...

Un relato lleno de sensibilidad y recuerdos...
¡Ay la Navidad! Siempre no trae muchos pensamientos y sueños.
Un abrazo fuerte amiga, desde mi Librillo.

Rosario dijo...

Un relato lleno de sensibilidad y recuerdos...
¡Ay la Navidad! Siempre no trae muchos pensamientos y sueños.
Un abrazo fuerte amiga, desde mi Librillo.

Aldabra dijo...

Este relato es como el musgo, por momentos evocar los recuerdos nos llena de humedad, de un frío que cala los huesos y por otro nos llena de vida y esperanza.

biquiños,

María Socorro Luis dijo...

Qué hermosa prosa. profunda y sosegada. Me encanta, y me encanta conocerte.

Estoy merodeando en tu rincón. Volveré.

Gracias y un abrazo muy cómplice. Soco

Maribel-bel dijo...

Sin imposiciones, reniego de lo inculcado a fuerza y sin creencia,me gusta mucho leerte por la paz que me impregnas, me ayudas a vivir sin tormentos. Moitos bicos, todos de cores.

La sonrisa de Hiperión dijo...

Un fin de semana más estoy por aquí. Navegando entre tus cosillas. Genial.

Saludos y un abrazo.

OZNA-OZNA dijo...

para esta asturiana es un placer leerte, así sin esperar ser molestia se queda de tu seguidora, un besin muy grande.

Manel Aljama dijo...

Uff, un texto muy apropiado para estas fechas que como dices son de "alegrías impuestas". Tras la cuidada descripción del edificio gris de "planta de cruz" (iglesia/hermita), en la que nos haces pensar más que visualizar, está la conciencia humana por la hipocresía (o la vergüenza ajena). Las fotos del húmedo bosque supongo que gallego contrastan con el texto lleno de alusiones a los olvidos, pasos perdidos y demás.

Este texto es muy bueno y está lejos de ser modesto e inocente "para navidad". En serio no destaco nada porque sería injusto. Está muy cuidado. Me gustaría escuchar una versión de esas de audio y cerrar los ojos mientras.

Se me olvidaba, en el líbano hay nive y hasta estaciones de esquí (no muchas). Ya sé que hasta el portal de Belem hay unos cuantos kilómetros (si mis cálculos no me fallan, 300). Así que ha humedecer el pesbre :D
Ventajas de tener una colega libanesa!


Manel

auroraines dijo...

Me gustan tus recuerdos, hoy lo ibas narrando a medida que juntabas el musgo verde para el pesebre, cargado de amor, ternura e incomprensibles como sigue pasando en muchos acontecimientos de la vida.
Un bico