sábado, 9 de octubre de 2010

APOSENTOS (III), Y AJENOS


En el diccionario de la R.A.E., la primera acepción de aposento es: posada, hospedaje.

Hoy no es mi aposento el protagonista, ni alguno que compartiera con otras mentes como la mía en la casa de mis mayores. Ni siquiera moraba allí cualquier otro humano animal. Es decir, no era recinto para uso o disfrute de cualquiera de los habitantes de aquella casa nuestra, en la que, además, los pequeños éramos amados y protegidos, pero como seres en construcción.
Hoy tomo prestados otros domicilios, mucho más escasos, humildes y sin artificio.
Hoy, mi recuerdo queda suspendido en otra posada no mía, pero tan fértil y palpitante de vida y belleza, que merecería pertenecer, por lo menos en determinados momentos, a cualquier corte. No en vano en gallego, ese es precisamente su nombre: “A corte” .
Hoy visito un aposento ajeno, pero cuya memoria todavía me hace abrir unos ojos llenos de asombro y ternura y mis manos notan el vacío del calor de una caricia siempre pendiente, no por falta de deseo, sino por infinito afán de respeto inculcado.
Se trata entonces de unos reductos ajenos y, aunque apartados de los humanos divertimentos, próximos y totalmente dependientes. Allí campaban con total naturalidad, compartiendo una vida en plenitud, los olores que ahora, en esta cultura del desarrollado refinamiento al que nos hemos ido acostumbrando y del que gozamos sin análisis, definimos como detestables y molestos. Los suelos tampoco eran los nuestros: tierra y paja eran vivienda y lecho. La sombra, otra manera de hablar y acaso el frío y la humedad, eran su hogar. Estaban apartados, alejados de la humana vida diaria y de nuestros divertimentos, pero sus moradores eran tan propios como cualquier de los que manejáramos sus vidas.
Latían por tanto allí, respiraciones y corazones, como también, ansias instintivas de vida. Y ello, a pesar del ignorado regalo que hacían y que, aunque siempre agradecido por los humanos, era su último y luctuoso fin.
Un día cualquiera, cuando somnolienta engullías el primer alimento del día, alguien entraba en aquella cocina y decía, como en un secreto esperado para compartir y alegrarse: “han sido 1l”. Otras veces fueron más, o menos.
Aquello, en oídos infantiles, todavía suspendidos en el calorcillo de las sábanas y el sueño, sonaba a misteriosa novedad, a algo desconocido y maravilloso que traspasaba los umbrales de las protectoras paredes y que deseabas entender y conocer.
Sin embargo, como si hubieras escuchado algo que no debías y acostumbrada a que los mayores tenían “sus cosas” para las que, de forma absurda, habías aprendido que no estabas todavía preparada, sólo te atrevías a mirar expectante, guardando un silencio disimulado y para nada exento de interés.
Sabes ahora que, los mayores, hartos de crueles padecimientos soportados en años pasados y mediatizados por un clero tan insensato como descabellado, posiblemente equivocaban pedagogías y, a fuerza de tales desatinados amparos, los limpios y castos oído y cerebro de los pocos años que nos pululaban en aquellas edades, se veían alejados de partos, placentas, sangre y dolor.
Una de las imágenes naturales más bellas que he presenciado en aquellos lejanos tiempos, ha sido producto de las visitas que me permitían hacerles. Siempre acompañada y siempre vigilada. No fuera a entorpecer el milagro que allí se realizaba con la más chocante y tranquila espontaneidad y con un regalo e indiferencia casi totales.
Alguien finalmente terminaban diciéndome, ven. Y como si visitáramos un templo (que era así realmente: el de la vida), abríamos aquella puerta para contemplar a una cerda amamantando la camada que unas pocas horas antes había parido. Los 11 cerditos, de un precioso color rosa limpio, se afanaban buscando su acomodo ante aquel cálido y acogedor cuerpo que les regalaba el alimento. Qué ternura. Alguno de ellos con una mancha negra en el lomo o de una manera simpática sobre un ojo. Siempre había además, uno más débil, al que había que buscar lugar, porque sus hermanos, más fuertes y robustos, le impedían encontrar la mama más abundosa. Aquellos hociquillos, literalmente clavados en el vientre materno. Y el bullir hasta encontrar acomodo en una madre, tranquila, quieta, y protectora que gruñía a veces alguna caricia.
Tan hermoso que nunca he olvidado ninguna de las ocasiones en las que fui testigo de tal milagro.
Sé ahora además, que estos animales poseen una gran inteligencia y también,  gracias a las lecturas, he aprendido a respetarlos doblemente porque, según un satírico George Orwell, cualquier día, en cualquier lugar, un cerdo puede impulsar una  rebelión, totalmente justificada.

Imagen:  Porque creo que se adapta al texto, he elegido uno de los habituales paisajes rurales de Camille Pisarro

14 comentarios:

Chousa da Alcandra dijo...

Comparto esas lembranzas que narras. O rosa limpo, os fuciños espetados na barriga da nai.
Lembro unha adiviña que ó respecto dicían:
"Cando a torre se erguía, chorín chorín choraba; e cando a torre caía, chorín chorín calaba"
En alusión ó bullicio dos berridos que os ranchiños daban para provocar que súa nai se deitase para amamantalos.

No tocante á rebelión de calquer porco; non temos máis que mirar á historia...jajaja

Un bico!

Montserrat Llagostera Vilaró dijo...

HOLA AMIGA MIA:

QUE PRECIOSO RELATO, IBA MENTALMENTE DETRAS DE TI EN AQUELLOS LARES.

Y SUPONGO QUE EL LIBRO A QUE TE REFIERES DE GEORGE ORWEL, ES REBELIÓN EN LA GRANJA.
DONDE LOS CERDOS TERMINABAN VISTIENDO CORBATA. LO LEÍ HACE MUCHO TIEMPO.

BIQUIÑOS, Montserrat

Taty Cascada dijo...

El milagro de la vida, lo he vivido en mi cuerpo y en la de mascotas que han pasado de la mano de mis hijos, que me han hecho madre adoptiva de peces, hamsters, aves, etc...En cuanto a la supuesta rebelión, siempre el poder corrompe sean éstos aparentes animales, todos terminan dentro de la máquina poderosa del más fuerte.
Un beso.

TORO SALVAJE dijo...

El milagro de la vida.
Si.
Que hermosa experiencia.
Que bien que lo explicas.
Emociona leerte.

Besos.

Susi DelaTorre dijo...

La vida siempre merece realces, y los que encontramos en la infancia estarán eternamente en ese estado.

Me gustan los refugios que narras!


Saludos, Fonsilleda.

Manel Aljama dijo...

Compartir con "otras mentes mentes como la mía" en cuerpo y alma o simplemente en esencia, en espíritu y
pura fantasía e imaginación. Pero lo que cuentas es de alma, de algo visto y vivido.

Corte en catalán tiene 2 entradas, la primera en su primera acepción dice que es "zona de una casa rural destinado a los animales" y la tercera es peyorativa "cort de porcs" que usa para referirse a un sitio muy sucio y desordenado. La segunda entrada tiene que ver la soberanía y el gobierno (el tema sigue ligado a los cerdos con o sin Orwell).

El detalle del contraste de los ambientes y los olores entre el pasado y ahora es muy útil para enfatizar y ayudar a situar y comprender el texto en su totalidad. Además le da mucha verosimilitud. Y de esta nueva engrega "entrañable-nescafé" (tú ya me entiendes), me encanta la escena de la cocina "Han sido 11" y la camada de cerditos compitiendo por mamar. Algo que me hace imaginar a una niña con trenzas, viva e interesada por disfrutar cada momento cada segundo. No dejas detalle suelto: las sábanas, el desayuno, las paredes, yo quisiera también escribir así.

bicos

Manel

ARO dijo...

Bellísimo relato, contado con una alta calidad literaria. Qué bien has dibujado esa escena de los cerditos mamando de las ubres de la madre. Saludos.

Balteu dijo...

Ana é unha ledicia grande ler os teus relatos, tan cheos de vida, de tenrura, tan preto de nos que fan chorar da emoción mal contida. Coma ti lembro agora que te lin, esa pintura a que lle deches cor cos mesmos habitantes, o mesmiño episodio da cociña e a mesma sorpresa ao ver aquela nai aleitando aos seus porquiños, todos tan limpiños naquela corte que cheiraba mal.

Graciñas por compartir estas vivencias tan ben descritas.

Un acio de bicos pra ti.

Roberto Esmoris Lara dijo...

Además de habernos hecho habitar y "respirar" ese pasado que no es morriña sino aullido, nos revelas el despertar de "un ser en construcción", que librándose de las ataduras de un dogma ridiculo y cruel llega a comprtender que "la vida" (la chanchita con su cria) no es pecado, es la luz fundamental del Universo.
Fue un concierto de Bach para mi alma.
Muchas gracias, Ana
Bicos

La sonrisa de Hiperión dijo...

El día que haya esa revolución... que será de nosotros? sin las 5J de los jamones de pata negra... jajaja
Un cerdo puede impulsar al mundo... jajaja

Saludos y un abrazo.

Marisa dijo...

Me has hecho recordar todas esas vivencias que quizás por lo cercano de nuestros lugares
fueron las mismas que las
tuyas.
-Esas visitas " as cortes"
sempre acompañadas, eses
becerriños empuxando co teto na boca chea de escuma caracolando o rabo de puro contento-

Guardo en mi memoria todos esos momentos llenos de ternura.

Gracias por saber expresarlo tan bien.

Mil besos

Albino dijo...

¡Y pensar que luego disfrutamos comiento jamón, chorizos y sobre todo lacón!.
Creo que despues de leer tu relato, me convierto en vegetariano, aunque tambien los árboles y las plantas tienen su vida.
En fin, hay que sobreponerse a todo esto y alimentarse, porque hay algo peor todavía y es que se alimenten de nosotros. Y tal y como anda el mundo, puede llegar a ocurrir. Yo viví en Chile y conocí a aquellos pocos que se salvaron del accidente de aviación de los Andes. Todavía estan traumatizados, pero vivos.
Asi que pensemos en postivo, y comamos lacón con grelos.
Un beso

De cenizas dijo...

He vivido en mi infancia esos momentos "milagro"... los describes perfectamente.


besos

Aldabra dijo...

mis padres tenían antes una casa con una huerta y también tenían animales: cerdos, conejos, gallinas, terneros... todo para autoconsumo, te puedes imaginar... pero en mi casa decíamos "la cuadra", en lugar de "a corte".

recuerdo de pequeña cuando parían las cerdas y también ver a los cerditos mamando como bien explicas tú...

biquiños,