lunes, 31 de mayo de 2010

GIROS DE LA MEMORIA

La cocina de mamá era una enorme y preciosa cocina económica o bilbaína, aunque ahora, que tienen sabor a antiguo, rústico y a materiales “nobles”, sean caras. Tenía dos amplios hornos, herrajes dorados, como dorada era, la preciosa y gruesa barra que separaba cuerpos, de traidoras planchas ardientes, una pequeña puerta para cargar leña y la inferior en la que caía el combustible como volátil ceniza gris, luego de haber cumplido sobradamente su función. Los dorados lucían ese brillo con sabor a añejo, a cosa bien hecha, como la comida que se cocinaba en ella, como las manos que la bregaban con afán, destilando cariño e, incluso, pasión.
El espacio no era excesivamente grande para lo que se usaba en aquellos tiempos, pero sí lo suficiente para que, mientras se sucedían los largos, fríos y húmedos inviernos, en aquella enorme casa sin calefacción, fuera el lugar idóneo para cualquier comida. Junto al calor del hogar, arracimados en torno a las dos refregadas mesas, que había que unir para las comidas de tanta gente que tuvimos el placer de habitar tan sencillo, pero fértil y rico lugar, dando nuestra espalda o frente, a la vacía parra que cubría el patio. Había también un precioso y amplio vertedero (castellanizado de vertedeiro o vertedoiro, lugar donde se vierte algo, fregadero) de mármol blanco. A su lado, una airosa mesa, también de mármol, con patas de hierro, que se utilizaba para apoyar, escurrir y lo que hiciere falta. Además, un enorme aparador, cobijaba toda clase de útiles, apoyado por el del comedor cercano que guardaba otros, sencillos, pero más importantes.
Aquella cocina era algo especial, pues las personas que la poblaban y hacían funcionar, también lo eran. Mamá, no se podría concebir sin el acto de cocinar y de reunir gente alrededor de una mesa para saciar apetitos y dar gusto y placer al paladar. Creo que amaba obsequiar a los demás y, ante el fogón ella era de las mejores. Había sabido trasmitir a las otras mujeres que la rodeaban, todas sus sabias maneras. Y aquel universo, con sus aromas, era una constante tentación para todos.
En aquel recinto siempre había algo que hacer y, a pesar del trajín (o precisamente por él), recuerdo que, durante alguna época, los hombres del pueblo iban por allí a tomar “una taza”. Así, el ambiente a determinadas horas, se traducía por el del bar de enfrente o un anexo del casino, que también estaba situado enfrente. Se pasaban a tomar un vino, pero sobre todo lo hacían para charlar, cambiar impresiones en buena compañía e, incluso, a escuchar en la radio “el parte”, que no era otra cosa que las noticias, aunque ahora yo deduzca que les llamaban así por los “partes de guerra” que habían “sufrido” no hacía demasiados años y que se les habían quedado prendidos, junto al dolor. Y, todo ello, aderezado con el delicioso olor que nacía del hogar y que hacía atractivos los manjares, por muy humildes que fueran.
De paso, si podían o les dejaban, picaban algo. Así veía yo, por allí, a algunos de los entrañables personajes que poblaron mis infancias. Casi siempre de profesiones liberales, desocupados o rentistas, que también había. Los demás, como la mayoría en el pueblo, tenían sus ocupaciones pero, a pesar de ello, cuando el horario se lo permitía, se acercaban a enterarse de las nuevas o discutir sobre ellas.
Mamá, con el apoyo de Madrina, Amparo, una etérea Eva (que entraba y salia) y una paciencia infinita, aguantaban todo aquello como si fuera lo más normal del mundo. Seguían a lo suyo, como si nada, con una total tranquilidad, sonriendo casi siempre y, exponiéndose además, a las pullas, cosquillas o lo que fuere. Todo dependía del ambiente que se respirara y del humor de los protagonistas, de la gravedad de situación nacional o internacional o de los goles de sus equipos. Los demás habitantes de la casa nos pasábamos continuamente, para husmear e intentar alguna rapiña.
Alguno de aquellos aromas forman parte de mi cultura olfativa y no los podré olvidar nunca pues en aquella cocina, sabían mimarnos y se esmeraban porque cada uno de nosotros, tuviera su bocado, incluidos los visitantes.
Mamá era una artista y yo no tengo duda de que, de haber nacido más tarde, hoy estaría entre los nuevos viejos cocineros.
Guardo especial memoria de unos sabores que no he vuelto a disfrutar desde entonces: empanadas de lomo (raxo) y de congrio, los grelos sin terminar de cocer, que ella me acercaba a media mañana, mientras yo estudiaba, con unas gotitas de aceite de oliva, las verduras cultivadas por el Portugués en aquella fértil tierra. Nada sabe igual ahora.
La cocina con sus sabores y sus gentes, además de las que llegaban, con el total y absoluto dominio de la humanidad de mamá, crepitaba con la leña, vivía y nos hacía un poco más felices. Aquella pequeña pero gran mujer, con su práctica y delicada inteligencia, la abarcaba entera y la dirigía tan sutilmente, que daba la impresión de que nada se imponía a nadie.
Mamá, con su dominio e imaginación al servicio de todos nosotros, todavía tenía tiempo para mirarte profundamente y preguntar: “nena, ¿qué te pasa?”, cuando realmente algo sucedía.

Nota.
Rehecho sobre la base de otro antiguo.
Imagen: Elia Fuentes, Seixo, Xalundes.

28 comentarios:

paideleo dijo...

Pois eu teño a inmensa sorte de vivir momentos semellantes en Arbo. Miña sogra e anai son boísimas cociñeiras que usan a cociña de ferro e empregan produtos caseiros e todo sabe ben.
Aparte son faladeiras e non hai momento de aburrimento.

Montserrat Llagostera Vilaró dijo...

Bellísimo relato.

He podido viualizar la conina económica.

Olfaterar lo olores de los guisos de tu madre.

Imaginar las tertulias en el bar de enfrente.

Y el plácido, aunque fuera más duro vivir de las gentes de la post-guerra.

Buenas noches y biquiños, Montserrat

TORO SALVAJE dijo...

Que don tienes para escribir.
Me ha parecido veros.
Que maravilla.
Gracias por este viaje.

Besos.

Froiliuba dijo...

Esa cocina tuya que ya esnuestra

no estaría mal que pusieras una notita y el enlace a aquella otra cocina que en los recovecos del blog habita,
aquella cocina de escritura primeriza pero tan bella y llena de recuerdos compartidos como esta

Mi hijo no podrá recordar las comidas de su madre con ese amor, que suerte tienes eh


Pero mi marido... si que recuerda ese postre de limón tuyo jajajajjaja

Manel Aljama dijo...

Ana

Un nuevo texto evocador. Yo también crecí, no con el parte, pero sí con un individuo que a las noticias le seguía llamando "el parte".

Me gusta especial eso de que "la cocina da calor y siempre hay algo que hacer". La cocina: el reino de una mujer, ahora que las feministas se enfandan por ello. Pero si muchas economías domésticas van peor porque ese nopagado-nopremiado-malvisto rol que ocupaba la mujer no ha sido respuesto con nadie y se ha pasado comprar "packed food" que gasta más dinero.

Besos

PS:
Gracias por tu observación sobre el nuevo vestido del blog. He seguido los consejos de una escritora a quien admiro y respeto. En esto como sabes, nada es obligatorio pero en cambio es recomendable si quieres que te lean y te entiendan...
Así que, hablando de colores, para la literatura es mejor negro sobre blanco o en todo caso, un color oscuro (que no sea rojo) sobre otro claro y pálido.
La vista (cansada) lo agradece.

Chousa da Alcandra dijo...

Ter o lume na mesa era todo un adianto.E tiñan de todo: intesidade regulable en arandelas, plancha, forno, depósito de auga quente...
Pero que jodidas eran de limpar raio!. Miña nai moito se queixaba diso. Lémbroa fregándo no ferro sempre. Cunha pedra ó efecto, con vinagre, con viño...

E hoxe límpanse "pirolíticamente". Manda carallo!

Roberto Esmoris Lara dijo...

Es de los más bello que he leído, Ana, y aún estando tan distantes recuerdo de mi infancia a "la económica", que en mi niñez era para mí "el hogar". Y como tú, mi "memoria olfativa" sigue recreando a mi madre cada vez que huelo a especias mezcladitas con olor a leña.
Un abrazo desde el alma, amiga querida
bicos do Reliño
Muchas gracias

Marisa dijo...

Canto me lembras a
cociña de ferro da
nosa nenez que servía
para quentarnos nos
fríos do inverno.
As comidiñas feitas
a lume manso que
gardaban aromas e
e sabor.
Agora xa non é igual.

Biquiños

WHO dijo...

Aquellos aromas nos los has hecho traer en el olfato de la memoria, sin duda son la melodía que acompaña nuestros momentos únicos.
Un beso, Who.

Aldabra dijo...

recuerdo esas cocinas en casa de mi bisabuela, que todavía conocí, Filomena, y en la aldea de mi padre cerca de Miño, en la casa de unos tíos, a la que íbamos con frecuencia... recuerdo sobre todo las patatas cocidas con tocino, los estofados con aquellas patatas pequeñitas que sabían a gloria...

pero no tengo recuerdos tan delicados acerca de mi madre, como los tienes tú... y te envidio, sinceramente.

se me antojaron ahora unos grelos de esos que tú dices porque me chiflan, francamente... y los de la aldea eran buenísimos de sabor.

aunque también me conformaría con un trozo de empanada de raxo.

biquiños,

¡que gusto!

ana. dijo...

Hola, querida Ana, hace frío en Buenos Aires...se está tan a gusto aquí en el calorcito de tu cocina de la infancia. Me quedo un ratito en tu universo de especias, partes de guerra, dolor que se aquieta con un vinito, amparo de mamá y tía Eva. Gracias por tu hermoso relato. Un beso grande

Anhermart dijo...

Eres una maestra en los textos intimistas. Muy bello relato, una magnífica exposición de aquel entrañable entorno de hace décadas con todo lujo de detalles que lo hacen adorable.
Felicidades.
Besos

Caminante dijo...

Yo no tuve la suerte de conocer esas grandes cocinas. He visto alguna en alguna aldea en la que he tenido la suerte de perderme. Pero gracias a tu relato todo resulta tan visual, que uno casi casi tiene la sensación de estar allí, intentando husmear y rapiñar algo con lo que matar el hambre antes de la comida.

Taty Cascada dijo...

Me pareció visualizar a mi madre en el relato, es que compartimos varios elementos en común, mi madre cocina como los Dioses todavía tengo la dicha de degustar de sus manos. Esa cocina que tan bien relatas son las cocinas de campo en mi país, grandes fogones a leña que calientan las casas, donde la vida gira en torno a ese lugar,el pan recién horneado con mantequilla, leche ordeñada de vaca, jamones y embutidos para el desayuno, y los almuerzos con largas conversaciones entre todos. Creo que nuestras madres se quedarán por siempre en la retina del ojo, pero también en las papilas y olfato, nada como esa fragancia que nos despertaba en la mañana con una taza de leche caliente. Ella ahora está viejita, la veo cada día más cansada, pero nunca deja de cocinar, no acepta,no tolera a nadie más en su cocina, es su reino particular, nosotros la vigilamos pero sabemos que en su comarca ella es la reina.
Bello relato, un fuerte abrazo y un beso.

Tétis dijo...

Amiga Fonsilleda

Mais uma vez fico sem palavras perante os teus textos, a forma bela, sensível e emotiva como nos fazes viver todos estes teus "recuerdos".

Não me canso de ler-te, reler-te e de cada vez querer mais e mais textos saídos da tua pluma e do teu coração.

Bikiños

Higorca Gomez Carrasco dijo...

Bonito y real el relato, yo no lo he conocido, pero al llegar a esta tierra donde estoy, he oído cosas terribles, pero por encima de todo siempre rebosa el amor, el amor de unos padres, de una madre que con poco hace mucho, porque cuando se pone alma en aquello que se hace, sale todo exquisito y tu madre, o la madre del relato así lo hacía, un fuerte abrazo

Balteu dijo...

Qué bien escribes Ana! nos haces disfrutar con esas imágenes que vuelcas en tu entrada y al mismo tiempo, recordamos las nuestras en un ambiente más o menos parecido.

Bicos

Angel dijo...

Estoy convencido de que el olor del guiso que tengo en el olfato, viene de esta maravilla de cocina, que por el Sur, llamaban "económica", si bien no se el porqué.
Es una maravilla la faclidad que tienes de transportarnos a ese ambiente intimista y evocador de tiempos pasados, que sin duda fueron mejores. Anda que no.
Besos desde el Sur.
P.D. Aunque por aquí estamos de fiesta y me había propuesto no "trabajar", mañana estarás en mi ventana.

Inés dijo...

Casi se puede sentir el calor de la cocina al ir avanzando en la lectura de tus recuerdos, con tu relato ubicás a uno allí.
Disfruté de este momento en la cocina de tu niñez!
Bicos

La sonrisa de Hiperión dijo...

Nos engaña entonces la memoria. Nos deja a plena luz las cosas mas diáfanas, y olvidamos otras, simplemente por que si?


Saludos y un abrazo enorme.

RosaMaría dijo...

Hermoso, entrañable texto donde se percibe todo como en una gran pantalla. También así era la cocina de mi abuela y así era su ternura y hospitalidad. Gracias por compartir tan bello recuerdo. Besos

Gala dijo...

Tienes el don de transportarnos a esos lugares.
La madre...siempre en lo más profundo del corazón.

Un gran beso

un completo gilipollas dijo...

Felicidades. Gran texto.
Siempre suyo
Un completo gilipollas

anabel dijo...

oh, la cocina, ese maravilloso lugar de encuentro. Pero el homenaje de este texto tan hermoso es para tu madre, la imagino ahí, en su reino, y no me hubiera perdido por nada del mundo esa empanada de congrío.
Muchos besotes y gracias por compartir siempre escritos que me emocionan :) :)

Manuel dijo...

Me pregunto si viven todavía todos aquellos que se sentaban al unir las dos mesas refregadas.Qué gusto y,como no, también nostalgia debes sentir al cerrar los ojos y recrear todo aquello, con su voces, su risas y sus guisos. Los guisos de tu madre.

He disfrutado con la concina de tus recuerdos.

Un beso.

AROBOS dijo...

Precioso y cálido relato, cargado de sentimientos lejanos, de nostalgia. Me ha encantado.

María Jesús Verdú dijo...

Paso a visitarte y a dejarte un cordial saludo en esta tarde de viernes. Feliz fin de semana. Me gustó leerte

Cormorán Ártabro dijo...

A Casa do Loibés
Había unha taberna, a do Loibés, que tiña unha cociña bilbaína daquelas (non en tan bo estado nin tan fermosa coma a da túa mamá) cun calderín de auga. Aquel recipiente enchíase por riba, porque a súa boca estaba a altura da plancha e vaciábase por un grifo que se atopaba na dianteira. O taberneiro facía o café coa achicoria no calderín e logo, abría o grifo, poñía a manga para colalo e servíao. De vez en cando, metía unha variña polo interior do calderín porque a borra tupía o desaugue. Horror! Así que un curmán meu díxolle un día:
- Loibés, quédache máis cafe?
- Si - contestou el.
- Pois resérvame un pouco para cando veña da festa así poderei lavar os pés nel.
Vamos hombre!!