domingo, 5 de julio de 2009

CASI UN MISTERIO


Aquella empresa terriblemente paternalista, como lo eran muchas entonces, acogía a un grupo de personas, hombres y mujeres, optimistas y con ganas de trabajar. Desde la perspectiva de hoy, con todo lo que está sucediendo, no estoy muy segura de que el adjetivo paternalista, pueda analizarse únicamente, con todo el lastre peyorativo que tiene.
Esa enorme Casa de mis miradas a las luces de los otoños, a los cristales de los personajes peculiares, a los paseos, los árboles, a mis primeros años y a los que fueron llegando, a todas las experiencias y aprendizajes de vida y del intelecto, a todos aquellos años cargados de procederes, muchas risas e historias, trabajo y esfuerzo, es la que hoy llega a mi recuerdo, haciendo aflorar una sonrisa de ternura, agradecimiento y un estremecimiento nervioso.
Es curioso como, a pesar del paso de tantas luces y sombras, todavía lleguen a mí, tan nítidas, algunas de las imágenes que pueblan esos tiempos.
Recuerdo que mi padre, enorme hombre, decía siempre que, en los primeros trabajos de juventud, eran los trabajadores quienes deberían pagar o al menos condonar el sueldo porque, entendía él, que comenzaba el auténtico aprendizaje laboral y, en aquellos tiempos, para la vida.
No se equivocaba demasiado y no creo que sea exclusivamente mi profundo respeto, el que me lleve a afirmarlo. Muchos de nosotros, lo hemos aprendido y desarrollado todo, o casi, de esa manera.
Bien es cierto que esta empresa, era pujante y estaba, en aquellos momentos, en la cresta de las olas que bañaban las playas que nos rodeaban.
Lo que ahora soy, lo que fui y, hasta es posible que lo que vaya a ser, procede, de una manera un tanto singular e intensa, de todo lo que allí viví, aunque no exclusivamente desde luego.
Supongo que ello se deriva de muchos de los personajes que tuve la suerte de que poblaran mis entonces. De los que me sirvieron de modelo y de los que tuve que obviar, que también hubo.
Uno de los dos dueños era, cuando le conocí, un hombre maduro y terrible a los ojos de todos, pero con un atractivo especial. El tipo de persona que nadie osaba contradecir y, si lo hacía, se exponía. Exigente, con fuerte carácter, listo, brillante, rápido, inteligente, duro, muy dinámico, impulsaba y creaba empresas y puestos de trabajo (nunca creí que el beneficio económico, fuera su único afán), pero jamás, que yo recuerde, demostraba su satisfacción ante el trabajo bien hecho de los demás. En resumen, era un auténtico animal de generar empresa y negocio, sin ningún tipo de horarios, a pesar de su matrimonio y numerosos hijos.
Era también un hombre con una mirada, inquisitiva e insistente, que muchas veces he pensado que utilizaba conscientemente para sus fines: como hombre, para conquistar a una mujer; como jefe o amo, para colocar a los demás en el lugar en el que quería tenerlos, a sus órdenes, controlados. Lo curioso, es que no nos quería sojuzgados, porque nos necesitaba autónomos, valientes e independientes, pero lo suficientemente listos como para conocer el momento y hasta qué lugar podíamos llegar, sin menospreciar su siempre manifiesta autoridad.
Y este gran hombre que era autoritario y paternalista al tiempo, me llamó a los pocos días de llegar. Yo era conocedora de todo su rigor, exigencia y mal genio (que a veces desembocaba en episodios furiosos), porque ya me habían puesto al corriente pues, esta llamada, se repetía cada vez que alguien pasaba a formar parte de todo aquello.
Recuerdo que me paré ante la puerta abierta del despacho, no sabiendo siquiera si debía entrar o esperar un permiso que, a lo mejor, era tácito. Porque, de haber estado cerrada la puerta, me hubiera dado la opción de utilizar levemente mis nudillos. Pero no, la puerta estaba franca y yo parada, sin saber qué hacer.
Supongo que debió advertirlo porque el hombre levantó su mirada y me miró largamente, recorriéndome de arriba abajo y deteniéndose en mis ojos que estarían, no sé muy bien si sorprendidos, atónitos, pasmados, atemorizados o hipnotizados. Posiblemente todo al tiempo. Pero nos miramos como sopesándonos. Creo que en ese momento lo vencí y me lo gané para siempre, a pesar de todos los escollos. Él fue quien primero apartó la mirada, ordenándome pasar. Mientras esa relación profesional duró, jamás fui objeto de sus iras aunque las presencié con alguna frecuencia. Pero trabajar para y con aquel hombre, no podía ser algo relajado; los nervios, la inquietud ante un posible fallo, iban a estar siempre presentes.
De alguna manera creo que aquella joven, inexperta, ingenua y sin conocimiento de los riesgos, pasó a formar parte del círculo de personas a las que respetaba.
Luego me felicitaron por lo que dijeron había sido un éxito y más al ver mi actitud que parecía calmada y tranquila, como si estuviese haciendo algo muy repetido ya. Tuve que ser yo misma la que les informara de que todo era pantalla, del temblor de mis piernas que apenas conseguían mantenerme en vertical, de los latidos atropellados de un corazón que, por fuerza, tenían ser visibles, del esfuerzo que tuve que hacer para sujetar el bolígrafo, del temblor de las manos, de la palidez que notaba en mi rostro. Todos esos síntomas, seguramente multiplicados, los padecí mientras me hacía la fuerte. Cómo no se notó, es para mí casi un misterio.
Y hoy tengo la seguridad de que, todo ese arrojo, esa especie de ciencia no aprendida, ese ser capaz de plantar cara a la vida, ha sido heredado de mis esforzados ancestros. Seguro.
Un elogio que alguien me dedicó, me hizo revivir todo aquello con mucha intensidad, pero con la tranquilidad que dan la experiencia y la distancia y, sobre todo, con una sonrisa de felicidad por haber sabido ganar aquella pequeña gran batalla para la que no creía estar preparada.

11 comentarios:

Antón de Muros dijo...

Bonita historia :-)

Estoy convencido que somos lo que hemos pasado...

Un bico.

Antón.

Manuel Montesinos dijo...

¿No sería, quizás, tu inocencia, la causa de aquel encuentro? Me recuerda un poco al primer encuentro entre la bella y la bestia.
Menuda experiencia Ana. Por cierto en aquellas fechas se llevaba falda plisada y calcetines bien altos. ¿O no?.

Un beso Aana.

auroraines dijo...

El empresario conocía y muy bien a las personas, algo en tu actitud o personalidad le indicó que eras la persona que necesitaba para ese puesto. Y no se equivocó ;)
Otra bella e importante parte de tu vida, gracias por compartirla.
Bicos

Aldabra dijo...

has contado esa parte de tu vida francamente bien, me ha gustado leerla porque me he podido poner en tu lugar sin problema, porque describres muy bien la situación y lo que era entonces el trabajo, no sé ahora... la Administración es diferente ha eso que cuentas y es lo único que conozco.

caracter... es muy importante en la vida.

biquiños,

Melba dijo...


Hay momentos de la vida en que no queda más que cruzarnos el Rubicón. Al cruzarlo, hemos ganado las batallas. Lo que cuentas es una lección de vida. Gracias.

♥♥

Teresa Cameselle. dijo...

Una anécdota interesante además de muy bien contada.
He conocido personas que ante una situación semejante bajan la cabeza y se humillan, con lo que sólo consiguen ser para siempre blanco de iras y burlas.
Pero el que vale, vale...
Un beso.

Tétis dijo...

Olá amiga

Que bonito relato aqui deixaste de uma experiência de trabalho da tua juventude que, decerto, te marcou, positivamente, para toda a vida.

Um chefe exigente mas inteligente e que sabia "apreciar" e "reconhecer" o valor daqueles que trabalhavam na sua empresa. Essas qualidades, esse saber "reconhecer" é, a meu ver, o mais importante na relação de qualquer chefe para com os seus trabalhadores...

Penso que esse primeiro momento em que os vossos olhos se encontraram foi decisivo para o que dali em diante se seguiu. Tu, apesar do medo que sentias, conseguiste demonstrar-lhe firmeza e determinação e ele, com a experiência e conhecimento que tinha das pessoas, soube ver de imediato quem estava ali à sua frente.

Desculpa amiga toda esta conversa, mas não resisti a "dissecar" um pouco esta fabulosa e magistralmente bem escrita história de um determinado momento da tua vida.

Beijinhos

Meiguiña dijo...

Me ha gustado mucho tu relato.

Sacar fuerzas o valentia para afrontar una situació dificil y ganarte el respeto del jefe no sucede a menudo. Enhorabuena.

Bicos

entresuelos dijo...

me encantan tus descripciones, son tiernas, amables, naturales...parece que te salen sin ningún esfuerzo y te mecen y acarician guiándote por toda la narración. Me gustó mucho la historia, pq me sentí muy identificada con esas sensanciones primeras del comienzo de la vida adulta....y ahora cuando recuerdas un poco a toro pasado.
un abrazo

Manel Aljama dijo...

YO también pasé por eso y además fui víctima de novatadas de mal gusto. En mi primer día de trabajo me hicieron numerar un libro de registro con plumilla. Me salté un número. Me llevaron a la jefe, todos me miraban. Yo con 20 años (hace casi treinta uf!) desconocía el "borratinta".
La vida nos forma y nos enseña. Yo no le haría eso a nadie.
De tu texto sería injusto entresacar algo que no fuese todo, pero me quedo con esto:
"mis ojos que estarían, no sé muy bien si sorprendidos, atónitos, pasmados, atemorizados o hipnotizados. Posiblemente todo al tiempo."
Precioso

Argos dijo...

Sabes?

Mesmo sendo "aterrorizante", julgo que todos beneficiávamos (ao longo da vida), se tivessemos um encontro desses na juventude!

Abraço, gostei muito do texto