miércoles, 17 de junio de 2009

A TIRO DE PIEDRA

Imagen: Cuadro de José Ramón Morquecho Barral.- http://www.morquecho.com/


La hierba fresca y verde bajo nuestros pies. El maravilloso aroma de la primavera mostrándose y asomando por nuestras raíces, por la nariz y en nuestros ojos.
El permiso de nuestras casas, cuando consideraban que sí, que ya era tiempo de que el suelo no conservase humedades, precisas para el renacimiento, pero innecesarias para organismos infantiles.
No lo agradecíamos, ni siquiera nos parábamos a mirar o admirar. Era así porque todo se nos daba; aquellos parques gratuitos eran nuestra cotidianidad, nuestro paisaje, nuestro disfrute y sin saber ni preguntar, nos pertenecían.
La primavera estaba viviendo también su paso por nuestras vidas y nosotros la recibíamos contentas, pero como algo natural, como un regalo que nos merecíamos y que no era preciso agradecer.
Nuestros, eran todos aquellos brotes de hojas, aquellos árboles que nos daban sombra y la hierba, plagada de pequeñas y simples margaritas que pintaban el regazo de la tierra. Nuestros eran también los aromas y las luces, la temperatura y el frescor. Y esa dulce brisa que a veces rozaba mi rostro.
Los robles de gran porte, algunos castaños de futuros frutos, las matas de zarzas (que además en su tiempo nos regalaban meriendas y postres), los impenitentes tojos, con sus vecinos y casi aliados helechos y algún que otro árbol, arbolillo o mata de porte bajo, con una piedra o roca aquí y alla como simple adorno, nos dejaban espacios de amplio verde, sombreado por las altas copas: seres importantes, enormes, umbrosos, espléndidos en su regalo y que no se sienten importantes, ni aun cuando las más atrevidas los ascienden.
Y en ese espacio de cobijo y libertades regaladas, jugábamos a ser otras, a ser mayores o hadas o princesas y príncipes que acudían al rescate, soñando que quizá algún día fuese una realidad.

Ahora lo vuelvo a gozar con el ánimo del que lo vivió y lo recupera, pero disfrutándolo más, si cabe. Porque, deseo poder plasmarlo en este álbum, para que su recuerdo no se enmohezca. Para saborearlo.
Todavía soy capaz de notar el escozor de aquel día que mi vestido no tapó la pierna que rozó una traicionera ortiga, o de ver aquella piel de culebra enganchada en un tojo. Huelo el aroma a verde que me llega y la calma. Vuelvo a trenzar diademas, con aquellos amentos que el lugar nos repartía y que luego lucíamos orgullosas. Escucho aquellas voces infantiles, las nuestras, llenas de contento, vidas por llegar y risa.
Y me llega de pronto con una sonrisa, el día en el que, esta pobre tonta que era y que posiblemente todavía soy recibió..., mejor, empiezo por el principio.

Maravilloso día de verano
Lugar: robleda:
Personajes:
unas cuantas niñas de toda la vida y de todos los juegos, con vestido veraniego.
X, niñera de los hijos del nuevo notario. (Nosotras no necesitábamos, supongo que éramos, cada una, niñera de la otra, especialmente las mayores de las pequeñas).
P, nuestra amiga, hija de notario.
P2, hermano de la anterior, no recuerdo por qué mi novio, por adjudicación popular de las otras niñas.
Acción: estaríamos jugando y divirtiéndonos o soñando con mundos imaginarios, o no tanto, pero en un ambiente que invitaba a soñar y volar.

Nadie puso en marcha la obra que comenzó, sin director ni maquillaje previos.
Los dos hermanos, como corresponde, discuten y se pelean como sólo saben hacerlo los niños, con auténtica pasión y rabia. (¿Por qué surgiría que mi memoria no alcanza?).
Y, de pronto, supongo que cuando el calor de la pelea tomó “carta de armas”, P2 cogió una piedra en las manos y todas las niñas corrieron a los parapetos, naturales o inventados. Todas menos yo. Mientras X, intentaba calmar, amenazar, advertir. Todo sin resultado. Faltaba energía y el día no invitaba a los enfados.
Alguna voz salió de los parapetos, especialmente de las responsables cuidadoras, dirigida a mí: “cuidado, escóndete, ¡ven!”.
Y, “mi yo”, tal como era, supongo que como sigue, responde: “¿por qué?, no es contra mí, a mí no me tira la piedra”.
Y P2 miró y sopesó su piedra, la rechazó y tomó otra más contundente y puntiaguda, la que le pareció más oportuna para volar y herir.
Y oí mi nombre de nuevo, pronunciado con susto y preocupación por labios cuidadores, que a mí, me sonaban absurdos y estúpidos.
Y P2, levantó el brazo para impulsar el proyectil que marcó una precisa órbita surcando y rompiendo aquel maravilloso aire, aquella espléndida luz de sol y sombras.
Y la piedra en su trayectoria, que seguro que quería y debía ser otra, vino a tropezar con mi cabeza.
Y allí estaba yo, pequeña, absurda, infantil y bobalicona (rodeada de niñas por todas partes, todas asustadas y hablando al tiempo), sangrando, llorando y pensando “no era para mí, la pedrada no era para mí”.

Y de la mano de otra niña, cuidadora por edad, responsabilidad y seguro que sabiduría, recorrimos el espacio que llegaba a nuestra casa. La veo a ella con aquella carita de preocupación y obstinación (aunque supongo que furiosa con mi patológica tranquilidad), cuidando de mí e intentando hacer de mamá por un rato. Aquella carita suya determinada, como siempre fue su carácter.
El resultado: unos cuantos puntos, la vacuna contra el tétanos siempre presente en nuestras infancias y una cicatriz que no se ve, ni en el cráneo ni en el alma.

¿Precisa aquella órbita? No lo sé, porque yo no era la destinataria, ni siquiera pertenecía a una guerra en la que era totalmente neutral. Quizá sucedió así para que yo aprendiera algo importante una enseñanza para un futuro, para la vida. Es posible que una voz me susurrara ya entonces: “niña, sé más cauta, ya ves cómo pueden llegar a desarrollarse las cosas”.


Ahora, con el paso de muchos veranos tan plenos como aquel, también sé que, aquella mullida hierba que acogía nuestros cuerpos revoltosos, nuestras manos ansiosas y que permitía nuestros juegos y gritos, aquellos espacios de árboles acogedores de niños y aves, de parejas de novios que buscaban una sombra íntima y cómoda, aquellos aromas y, en fin, aquellos espacios, son un bien escaso.

Como es un bien, único para mí, todos aquellos mis espacios guardados.
Y la vida vivida allí.

8 comentarios:

auroraines dijo...

Cuántos recuerdos Fonsi! El contacto con la naturaleza desde pequeña, llevas todos los perfumes y colores grabados y siempre está la necesidad de volver a esos lugares, ya no son los mismos muchas veces,pero es parte de nuestra vida.
Qué convencimiento que tuviste, falló el que lanzó la piedra...
El cuadro con la diversidad de tonos es es una estampa fiel de tu relato, seguro ;)
Bicos

Manel Aljama dijo...

De una cosa estoy seguro. Lo viviste intensamente y esa intensidad te permite evocar en este precioso texto el bienestar y la felicidad de una infancia en medio de la naturaleza. Así, al leerlo, huelo a la hierba fresca y sufro el picor de las hortigas.

Vivo el verde tan escaso en el urbanismo actual. Eso es bosque, campo, naturaleza.
¿Cuántos niños van a los bosques de los alrededores? ¿siquiera a un parque un poco grande con árboles y setos? Todo son plazas de cemento con árboles raquíticos y de diseño con unos arriates también de pírrico diseño.

Y lo tenías a tiro de piedra. Es más yo jugaba e inventábamos juegos con las piedras a falta de juguetes... Sólo con nuestra imaginación.

Aldabra dijo...

pues supongo que siempre hay que estar alerta porque no sabemos qué nos puede golpear pero tampoco hay que obsesionarse ¿verdad?
bicos,

Zoe dijo...

Esos lances de niños no dejan heridas y hasta las cicatrices parecen no estar... no, esa órbita no era para tí pero te alcanzó , nadie en la niñez es del todo cauto, ni del todo malvado... hay peores heridas que no se tiñen de roja sangre pero que desangran... además el precioso recuerdo lleno de verde y de espacios que otros no pudimos disfrutar( mi ciudad marrón y gris ,montes de pequeños arbustos, de lirios de mar,de tomillo y de romero de azul y azul, de sol intenso), pero que siempre soñamos en nuestros juegos infantiles y en los de adultos...
Tu narración refresca y calma y llena los sentidos de sonidos de niños y de bellos colres... gracias por tu bella memoria y buen hacer
bicos

La sonrisa de Hiperión dijo...

Yo más de una pedrada llevo marcada en la cabeza... Las cosas de niños deben permanecer ahí, como las pedradas, siempre en la cabeza.

Saludos!

anabel dijo...

A mí me encanta leer lo que escribes porque es como si lo escuchara, como si lo viera. No sé, tienes la habilidad de sabernos meter en la historia como si fuéramos uno más, pero calladito en una esquina observándolo todo.

Y también me gusta leer lo que escribes porque me recuerda a mi hijo Erik: él sabe ver los detalles, captar lo importante de la sencillez, comunicar muchas veces sin palabras que hay más sentidos que el oído.

Por eso me encanta pasarme por aquí, porque disfruto, porque me siento como en casa, y porque eres una persona maravillosa.

Besotes.

Zoe dijo...

Maravillosa Fonsi, te dejé una cosa en contestación a tus bellas palabras en mi blog , donde los comentarios un garabato de los míos ;-)...ahhhh y podrías decirme cuales son esas hierbas que se ponen en agua para la noche de sab Juan?...

bicos y hasta la vuelta

auroraines dijo...

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Pasa este osito a las personas qe quieres muchisimo y no quieres que cambien nunca. (espero recibir el osito).
Si recibes entre 2-4 ositos te quieren
Si recibes entre 4-8 ositos te quieren mucho
Si recibes entre 8-10 ositos te quieren muchiiiisimo
Espero qe yo sea una de ellas!!