domingo, 1 de febrero de 2009

LA PUERTAVENTANA

Aquella enorme puerta de cuatro grandes cuerpos, situada a un metro escaso de mi espalda, era una ventana a la vida, a los colores de las estaciones, a mis amados añosos árboles, a los macizos de hortensias, a los bancos de piedra y a los otros, al frío que se me colaba por todas las rendijas que la vieja madera de sus marcos, siempre necesitados de pintura, había modelado lentamente, pero con auténtica precisión, y a los calores del verano que me obligaban a mojar el cuello y las muñecas cada poco rato.
Pero a través de aquellos amplios cristales, era también la mía, una mirada a la sorpresa, al desaliento, a la esperanza, al deseo, a la luz y a la belleza siempre.
Si hacía frío o llovía, me sentía protegida tras ella que, sin darse ninguna importancia, me resguardaba y abrigaba, permitiendo además, que mis ojos dejaran un rastro agradecido, a pesar de que, sus años que eran muchos, no le permitieran que ese manto bienhechor, fuera de total amparo. Había que saber perdonar porque, cuando en esta tierra se instala la lluvia y la humedad, no saben de paredes, no atienden a cierres y no respetan abrigo por lo que, algunas veces, se nos escapaba un estornudo o un estúpido catarro tomaba posesión de narices y bronquios.
Si otros tiempos lucían, días de luz y playa, de brazos descubiertos y ropas leves, entonces la vieja puerta, tampoco conseguía que su aislamiento refrescara interiores, tal como absurdamente le exigíamos, lejanos e indiferentes, los humanos que la vivíamos. Nosotros, siempre abusando de unos años que, seguramente, ya la tenían agotada.
Sin embargo, no se la podía culpar de esconder la belleza que transcurría por su acera; tampoco de callar lo que había de ser escuchado, ni de aquello otro que aportaba sonrisas y calma.
Ella, ajena a todo y sin saberlo, formaba parte de mis pasos y de mi historia y, espléndida en su quehacer, mostraba todo cuanto ante sus ojos palpitaba y aún aquello que simplemente permanecía.
Así llegaron unos días en que apareció una vieja bicicleta, con un fardo en el portapaquetes y quizá unas bolsas de plástico colgadas del manillar. Con ella llegó aquel ser feo, delgado, enfundado en unas llamativas mallas rosas o fucsias, con zapatillas deportivas y el pelo largo, también feo y un poco mugriento, anudado en una cola. Aquel extraño hombre, que durante unos cuantos días nos hizo vivir pendientes de sus enjutas carnes y de sus abluciones diarias, lucía además una cinta sobre su frente despejada.
Llegaba por la mañana y, haciendo uso de las aguas de nuestras fuentes de piedra, de las de adorno y de las otras que prestaban su rico líquido a bocas sedientas, procedía con una sabia y experta facilidad , así como, con una desvergüenza que yo definiría como un poco cínica, a hacer su aseo diario, con cambio discreto de mallas, por otras más feas o llamativas, calcetines y lo que fuera menester. Se aseaba y peinaba su largo cabello, procedía al lavado firme de todas aquellas partes que se podía permitir mostrar, sin que la decencia y los ojos vigilantes se lo impidieran y se tomaba todo el tiempo del mundo, en ese espacio del que, sólo los desocupados, saben hacer gala.
Lo hacía con calma y la pachorra de que hacía gala era un poco desafiante y también, es seguro, un poco narcisista. Presumía ante nuestros ojos, ante los de los viandantes que atónitos volvían la cabeza y ante mi puerta que dulcemente le dejaba hacer.
Ocupó durante una larga temporada, con buen y mal tiempo, mi desconcertada, pero también curiosa inspección, al mismo tiempo que mi magín preparaba mil preguntas que, lamentablemente, nunca me atreví a hacer. Estaba pendiente de la hora en que solía llegar, en realidad, muchos lo estábamos.
Y un día, tan silenciosamente como había llegado, desapareció. No me apetece pensar que pudieran haber sido las autoridades quienes le obligaran a marcharse, para preservar nuestros jardines y nuestros ojos, de desagradables y poco edificantes espectáculos.
Es posible que, ahora que redescubro o recupero el recuerdo de aquella vieja y querida puertaventana, junto a la que me hice como soy, pueda mostrar otras veces, maravillas y penas, sorpresas y vida, colores y lluvias, estaciones y nortes que por ella entraban, llegándose a mí en oleadas intangibles o en perspectivas serenas.
Imagen: www.lacoctelera.com. - Mark ("Markhus").-

17 comentarios:

Ana dijo...

Has conseguido el objetivo: romper con la presencia del ciclista el culto que le das a la raigambre de tu puerta, su señorío, su ancianidad, su vida vivida junto a ti, a vosotros; la partida del ciclista vuelve a tu puerta a su mundo, alterado por él.
Muy bueno. Chapeau!

Internautilus dijo...

Sin querer he firmado con el nombre de Ana,mi mujer, que tenía abierto gmail.
Besos.

RosaMaría dijo...

Hermosa foto no sé si ella fue tu inspiración o la puerta, pero las dos mudas protagonistas dieron pie a un relato nostálgico y preciso. Te felicito. Un besote.

Zoe dijo...

Espero con ansia mas relatos que pasaran por esa sabia puertaventana..la belleza es la que tú narras desde el recuerdo, con el amparo de ella y compañía...

Bien hecho, la noctámbula ahora madrugadora te saluda...

Bicos

Angelus dijo...

Como siempre Ana, una precisa descripción que deja al lector sumergido en una historia cautivante.

feliicdades!!

Javi dijo...

Es realmente curioso como un ser inanimado, un objeto pleno de cotidianidad, se presta al relato de una vida de una forma tan directa, tan precisa, tan sencilla. Es delicioso contemplar lo cercano, lo que nos rodea, perderse en el detalle de cada segundo, y hacer de ello una historia, un acertijo, un latido de la memoria y del transcurrir de la vida.
Has logrado que algo así suceda. Tú, la puertaventana y el enigmático personaje de la vieja bicicleta y mallas de colores.

Bicos.

Froiliuba dijo...

Todas tus descripciones son tan precisas, tan coloristas y perfectas...

Seguroque le invitraron amablemente a marchar las autoridades , auqnuqe quien sabe, lo mismo era un duende...


bicos

Balteu dijo...

Hacía mucho tiempo que no leía un relato de un objeto, tan humanizado, con tanta vida ¡a saber, todo lo que esa puertaventana podría contarnos!
Es una delicia leer tus relatos, porque, sabes? En ellos también hay poesía, esas palabras llenas de recuerdos, tienen ternura, nostalgias, se palpa el cariño a esas cosas que describes. El ciclista no es más que la pincelada, que sirve de contrapunto.
Me gustó mucho paisana.

Un bico.

Simetha dijo...

Mi querida fonsi, me pregunto si estarás consciente de todo el amor que le das a las antiguas cosas con tus relatos, es como si estuvieras contenida en cada una de ellas. Tu sí que les sabes dar su duración exacta de vida. E t e r n a ... DEjo mi abrazo.

Alles Liebe
^^(°°)^^

Manuel Montesinos dijo...

No sé si te lo he dicho alguna vez, pero cada vez que te leo, me acomodo.
Cierro la puerta de mi habitación, pongo música clásica y si no veo a nadie que me bronquee, me sirvo una copita.
Así, todo es perfecto.
Ha sido un placer pasear por todos los lugares que, al describirlos tan bien, los he disfrutado.

anabel dijo...

una puerta, una mirada y un ciclista enjuto y "feo". Tres elementos que manejados por tus palabras convierten el detalle en historia. Uf, también lo he leido escuchando, como Manuel, música clásica: "Im Abendrot", de Richard Strauss...
Un momento hermosísimo para mí. Gracias por hacérmelo disfrutar todavía con más intensidad.

XoseAntón dijo...

Hermoso cuadro, Fonsilleda, enmarcado por una ventana que, sin saber el motivo, me muestra mi tierra, mi clima, mis sentimientos, como si tú los adivinaras.

Bikiños

Dante dijo...

La vida se abre frente a esa puertaventana y pasa. Sólo una mirada inteligente como la tuya puede ver y describir con tanta precisión una realidad que escapa a los ojos de muchos. Un placer leerte, preciosa. Dejo un beso.

Gudea dijo...

Tus palabras invitan al descanso, tus descripciones al acomodo del alma, cerrar los ojos y verlo todo.
Felicidades meiga.
Un beso.

SOMMER dijo...

Las viejas puertaventanas, que tanta historia esconden...

http://GREGOTD.blogspot.com dijo...

Cuando se tiene capacidad para observar y trasmitir, se consiguen textos como este, donde las palabras se convierten en imágenes, en bellas imágenes. Y también, este relato nos muestra que la poesía está en todo y en todos, si se sabe ver. Un placer como siempre, leer este relato..

Un beso.

Dharma dijo...

Bravo!. Cuanta admiración. Eres una escritora increíble. Siempre me dejas muy impresionada.
Un abrazo Trasdeza.