lunes, 6 de octubre de 2008

¿ESTRAFALARIOS?

Había en aquel pueblo tan pequeño de mis infancias, en aquel casi reducido espacio que habitábamos unas cuantas familias, todas conocidas y casi todas amigas fraternales, incluso muchas con lazos de sangre, algún que otro personaje estrafalario, tanto que pasaba por loco.
Parece mentira cómo en una superficie tan pequeña: 169 km2 repartidos en las 33 parroquias que conforman todavía el Ayuntamiento o pueblo propiamente dicho, así como 250 pequeñísimos lugares de menor importancia (cosa muy habitual por estos parajes), era posible encontrar una fauna tan variopinta y repleta de personajes de todo tipo. Parece que la demografía en Galicia propiciara este tipo de núcleo y hablo de todos, hombres, mujeres y niños, hasta, si se me apura, los animales que nos acompañaban y con los que compartíamos casi todo.
Había, desde luego, algunas personas de gran entidad que ejercían distintas profesiones liberales, funcionariado e incluso comerciantes de todo tipo, labradores y artesanos. Pero luego, estaban los que, por una u otra razón y casi nunca precisamente por su valía como hombres o mujeres activos y valiosos para la comunidad (aunque algo así ¿quién puede juzgarlo?), que llamaban la atención y han quedado prendidos en mi memoria por la simple curiosidad que me despertaban, bien por su estrambótica personalidad o por su total extravagancia, que alguna vez rayaba en la locura.
Creo que de alguna mujer ya he hablado en otros momentos, pero no así de los hombres. Y los había, claro, como no podía ser de otro modo. No iban a estar exclusivamente posados en las mujeres esos rasgos que a mi mente en formación y en continua evolución le llamaban poderosamente la atención, de tal manera que ahí siguen.
Es cuando menos particular el hecho de que no haya olvidado, y es sólo un ejemplo, que había un latonero, pero no encuentro huella alguna de su personalidad, tan solo sé de su existencia, su trabajo y quizá de sus hijas, con las que compartiría escuela.
Pero, por contra, sí recuerdo con precisión a Antoniño el Zapatero que tenía su pequeño taller con delicioso olor a cueros, siempre atiborrado de zapatos pendientes de arreglo, enfrente del antiguo Cine y quien tenía rachas, eso se decía, de locura. Como artesano de los zapatos nada que objetar, al contrario; era bueno, meticuloso incluso, y yo lo veía coser, clavar con precisión pequeñas puntas, remendar, poner medias suelas o tapas, cortar cuero y utilizar aquellos pequeños martillos, con gran acierto y profesionalidad y los zapatos regresaban a las casas después de un baño de reparación tan intenso, que acaso parecían nuevos.
Sin embargo, aquel día que llovía y que estábamos charlando en el portal de casa unas cuantas niñas y posiblemente alguna persona mayor (supongo que no era en invierno porque el frío nos hubiera impedido tal reunión, sin dudarlo), le vimos venir camino de la casa de su madre, que también lo era de nuestras Eva y Amparo. Venía tan tranquilo, con las manos en los bolsillos sin paraguas y descalzo, pero los zapatos o botas (no recuerdo exactamente), sujetos entre sí por los cordones, los llevaba colgados del cuello. Y, cuando alguien le interpeló: “Antoniño, lloviendo como está, ¿por qué vas descalzo y no te pones los zapatos?”, y él, sin inmutarse ni dedicarnos siquiera una mirada, contestó: “porque se me mojan” y siguió caminando, dejándonos admiradas de su razonamiento.
Luego teníamos (porque nuestro era, como todos éramos un poco de los demás) a Juanito, que era un ser verdaderamente especial. No tengo recuerdos de su persona compartiendo calles o trabajando durante el año pero llegando los carnavales, despertaba de un letargo que le tenía apartado y silente todo el año, para hacerse propietario de rúas, paseos y actividades festivas propias de la época. Se disfrazaba Juanito, con unos grandísimos sombreros construidos por él. Y digo construidos porque su tamaño requería casi conocimientos de ingeniería. Disfrutaba este personaje de esa época del año más que ninguna otra persona en el lugar. Se paseaba saltando y luciendo su tocado con la maestría propia de un saltimbanqui de feria o un bufón de una corte sin reino. Luego, desaparecía tan callado como el año anterior y seguramente como el siguiente.
Y, ahora, con el paso del tiempo siguen prendidos en mi memoria en el lugar de las cosas entrañables, haciendo cola para que los tenga en cuenta y los refleje en este lugar de mi casa. Como es menester y ahora hago.
Imágenes:
lª.- Mesa de zapateiro el Flickr cargado por "Selva de Emelle"
2ª.- Monstruito falso yolandasatelite@blogspot.com

5 comentarios:

Froiliuba dijo...

Personajes de ese tipo los hay en todos los lugares. En mi barrio habia una señora de lo mas estrafalaria y un mariquita que era un primor él solito.

Pero para estrafalaria, una joven caló cuyo nombre mejor me callo por ser hoy muy conocido que, cuando sus hermanos con los dineros de las galas hechas en televisión, le comparon su primer abrigo de visón, se nos paseaba con el mismo puesto , las zapatillas de casa y la redecilla con los rulos... para matarla.

Esos personajes son los que quedan en los retales de la memoria de nuestra inancia, quizás por lo entrañables, seguramente sí.


bicos

Dante dijo...

Si es por estrafalario, acá en mi país los hay de sobra. jaj. Y seguro que son inolvidables. Simpatica entrada, corazon. Un beso.

La sonrisa de Hiperión dijo...

Me encantó el post.
Saludos

Caminante dijo...

Estrafalarios, muchas veces entrañables. Personajes de estos hay en cada barrio, como dijo froiliuba. Yo recuerdo especialmente a un viejo que recogía cartones con su carro y vestía como un pordiosero. Cuando se murió descubrieron entre sus cartones una auténtica millonada.

SUREANDO dijo...

En todas partes existen estos personajes. Me he acordado de un par de ellos, allá en mi ciudad lejana.
Buena entrada
Un abrazo