lunes, 24 de enero de 2011

"DE PUNTILLAS"

Regreso, de puntillas, al pueblo de todos los recuerdos infantiles y veo la calle de la niña de oscuros ojos y ondulado cabello, también oscuro; lleva  las gordezuelas mejillas sonrosadas. Observo el momento en que ella sale por aquel gran portal de la memoria y en una carrerilla que sabe va a necesitar, cruza la carretera sin detenerse a mirar, pues bien sabe que el escaso tráfico se anuncia al vencer las cuestas que confluyen en aquel tramo. Sube a la enfrentada acera y trota todavía dos pasos más, para poder sentarse en una de aquellas ventanas situadas a cada lado de la puerta, tras la que caben todas las enseñanzas. Concretamente la de la derecha, ya que su estatura, todavía le impide auparse a la de la izquierda, que está un poco más elevada.
Llega pues y apoyando las manos en la fría piedra de aquel profundo antepecho, que más parece una licencia ornamental, un regalo arquitectónico de un experto y juguetón picapedrero, toma el impulso necesario para de un salto sentarse allí. Después, ajusta sus ropas y cuerpo al espacio; como está sola, elige el medio de la ficticia butaca y, tranquila, con sus piernas colgando, mira.
No sé por qué hacen esas cosas las vecinas niñas, no sé cómo nacen las costumbres y no recuerdo el tiempo de la primera que hizo tal maniobra, es posible incluso que no la conociera, por lo menos en sus años infantiles. Tal vez la rutina naciera ahora en el tiempo que veo y viví. Pero es curioso y amable el ver en muchos momentos de recreo y puerta cerrada, a alguna niña adornando y aprovechando fachada, en su descanso. A veces son dos, parlanchinas y ruidosas. No tiene importancia  desde cuándo o por qué, ni siquiera quién; es algo que hacen porque algún placer indudablemente reporta sentarse y ver pasar la vida desde aquellas  ventanas situadas enfrente de la casa que ya no existe.
Es claro que la niña no olvida la hermosa sensación de estar allí, bañada por la luz de un templado sol o, en su caso, una sombra refrescante, un poco elevada, pero no mucho, mirando la sencilla vida del pueblo pasar ante unos ojos curiosos, siempre esperando descubrir, amparada por aquellas inmensas y profundas paredes de piedra, reflejada en unos cristales enmarcados en viejas maderas, tras las que esperan colgadores, pupitres, pizarras y mapas, un hermoso y descuidado jardín y los primeros saberes.
Por aquella acera pasa la “Peneira”, apodada así por el gracioso movimiento de sus andares, pues ése es el nombre que damos a un cedazo. Carga sobre su cabeza, en perfecto equilibro ondulante, un balde casi tan alto como ella. Una hermosa “sella”, llena de agua fresca de la fuente, con sus dorados relucientes al sol. La niña se pasma de ante el salero y más aun la difícil estabilidad de la carga.
Esta imagen recuerda aquellas otras maravillosas mujeres, que son capaces de llevar sobre sus cabezas casi cualquier cosa y que fueron cantadas por Manuel Rivas en un poema-texto publicado hace ya mucho tiempo en este blog, titulado “Una cesta de erizos”.
Ahora la niña reconoce al hombre que entra en la taberna vecina o ve como sale el tabernero que saluda a un padre asomado a la puerta de sus quehaceres.
Sonríe cuando escucha un piano, cuyas notas salen desde la ventana abierta de la galería vecina. Sabe quien toca.
Tuerce la cabeza porque oye el ruido del aro de un niño que recorre la calle corriendo, silbando y empujando hábilmente el ruidoso juguete. Otro niño, de lejos, le llama por el mote común.
Mira el balcón de su dormitorio que alguien cierra en aquellos momentos, apartándolo de miradas indiscretas con unos sencillos visillos blancos.
Concentrada, escucha el repicar de los canteros, en la piedra para la casa que están construyendo a la vuelta de la esquina. Y les “ve” cubiertos de polvo de piedra, con las rudas, fuertes y callosas manos, agarrando  mazas, martillos, cinceles, escodas, fiadores y demás utensilios, que sabe son muchos, dependiendo del sonido que quieran arrancar al bloque que, en sus manos, parece masa de harina y agua.
Sube cantando un carro de vacas cargado de hierba y siento que aquellos sonidos perdidos que la niña aprende a amar, son tan muy queridos por mi.
Dejo tranquila a la niña y me voy de puntillas, sabiendo que es un lejano yo, que enriquece mi manera actual de mirar.

Rehabilitación de la antigua escuela, hoy "Casa da Xuventude". Antes, en la calle no había coches. 


22 comentarios:

Montserrat Llagostera Vilaró dijo...

Que bonito trabajo has hecho con tu niña interior.

Sabes a mi me encanta, pensar en esta niña que fui.

Y leer a esta niña que fuiste.

Ùn post maravilloso.
Enhorabuena, Montserrat

Rosario dijo...

¡Qué recuerdos tan preciosos!
La niñez nunca se olvida ...
Los niños son especiales, y lo has reflejado en tu entrada estupendamente.
Un abrazo fuerte amiga, desde mi Librillo.

TORO SALVAJE dijo...

Como me gusta transitar por tus recuerdos.
Me siento privilegiado.

Besos.

Marisa dijo...

Cuántos recuerdos llevamos
dentro,de las calles, de los
pueblos.La imágenes renacen
nítidas y casi se hacen
visibles a nuestros ojos.

Me encanta lo bien que relatas
todas esas experiencias.

Un abrazo muy fuerte.

Aldabra dijo...

y sigues mirando a través de sus ojos, y reviviendo los momentos del ayer.

placeres pequeños de niñez.

biquiños.

Concha López Fernández dijo...

É un pracer poder ver a esa nena de maneira tan nítida, a través das túas palabras.

Un saúdo.

moderato_Dos_josef dijo...

precioso relato costumbrista que me hizo volver a mis ancestros y desgusté con armonía y paz, sobre todo paz...
abrazos.

anabel dijo...

Es precioso, corazón :) Recuperando a la niña que llevas dentro... Jo, me ha encantado :)

ARO dijo...

Lindos recuerdos magníficamene contados, como siempre haces.

auroraines dijo...

Fonsilleda, creo que te debo leer desde los reyes! Volveré a hacerlo.
Ahora paso para decirte que en mi blog tenés un premio.
Te espero.
Un bico
Inés

Argos dijo...

Olá Fonsilleda,

Nme imaginas como gosto de ler estas recordações!
Gosto da forma como escreves, da forma como as tuas memórias começam a fazer parte de todos os que aqui vêm!

Abraço grande e obrigado por partilhar.

María Socorro Luis dijo...

...ese yo-niña que llevamos pegaditay que cada día más se enfrenta con el otro-yo adulta... Ese yo del"todo es posible, de los ideales de los sueños"...
Y que, como dices bien, "enriquece mi manera actual de mirar"

Abrazo fuerte.

La sonrisa de Hiperión dijo...

Todos tenemos algo dentro, que nos hace ser un niño...



Saludos y un abrazo.

Estrella Altair dijo...

Los recuerdos de la infancia son siempre los mejores.

Un beso, tienes un pequeño detalle en mi blog para ti

paideleo dijo...

Dende logo era o precioso e bo posto de vixía.
Eu lembro un eu pequeno cun irmán e un amigo vixiando dende unha pereira como os veciños ían aos seus labores.

Manuel dijo...

Cada vez que hablas de tus viajes, de tus paseos, de tus interiores, de tus visitas a caserones ya casi olvidados, a monumentos, me encuentro bien. No sé cómo explicarlo, Ana. No lo sé.

Un beso.

Balteu dijo...

Ana, nestes relatos dos que nos fas copartícipes de lembranzas da túa vida, hai coma unha maxia palpitando en cada letra que nos traslada, cara ese oco da memoria onde agochas todas as historias. Eu síntome coma un privilexiado mirón e agradezo o énfase, o sentimento que pos nese xeito de contar, que parece que o que entra de puntillas nestas estampas que nos donas, son eu que bebo este licor que aquí vertes.

Un acio de bicos.

De cenizas dijo...

La vista y el oído pueden ver a veces a través del tiempo.


besos

auroraines dijo...

Y ahora si te leí, me senté a tu lado en la ventana de la escuela y repasé junto a ti los recuerdos de esos días de la niñez.
Un abrazo grande

Manuel dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
Rocío Fondevila dijo...

Sin palabras.
Conozco a la niña, conozco la escuela, conozco la casa de enfrente que ya no está.
Emocionada.

Manel Aljama dijo...

He vuelto. O casi.
Por supuesto que las vivencias del pasado nos conforman el presente. Dicen que tenemos que saber pasar página para evitar que los males recibidos en el pasado no nos afecten pero al mismo tiempo tienen que estar presentes para que a modo de lección nos sirvan de aviso. Lo bueno, lo bueno como los sentimientos que transmite tu cuento, deben estar siempre en uno mismo.

Nada mejor que para contraponer una bonita historia tuya que mira al pasado otra que aspira a estar a la altura, por lo menos eso.

Manel