lunes, 22 de marzo de 2010

¡RAYOS Y TRUENOS!

Creo recordar que ¡rayos y truenos! era el grito de  guerra del enorme Goliath, fidelísimo amigo del Capitán Trueno y del adolescente Crispín. Hoy su expresión me sirve de título y nunca mejor empleado.  Si la memoria infantil que todavía poseo no me engaña,  pienso que, en aquella casi-aldea de parvas rúas, árboles, personas, personajes, casas, fríos inviernos, veranos llenos de luz, gentes y recreos, que vive alojada tiernamente en mi corazón, solamente había dos pararrayos.
Uno, desde luego, estaba en la iglesia que, con su pequeña torre de piedra, era el punto más alto de aquel núcleo de vida. El otro estaba en mi casa. Es decir, en la casa de mis padres. En aquella nuestra casa que, a juzgar por las personas que entraba y salían, era un poquito la casa de todos. Por lo menos, desde la distancia parece mostrarse como un hogar en el que todos tenían cabida o se encontraban a gusto. Y, esto era así, no porque aquella casa fuera la más importante o rica del lugar. ¡Qué va!
Era, desde luego una casa grande, como muchas otras del municipio, pero no la más rica ni la de más solera. Era una casa hermosamente sencilla, de gentes sencillas y su peculiaridad, que la tenía, radicaba en que, los patrones (mis progenitores) eran unos activos profesionales y allí estaba la única y grande Droguería-Perfumería, el Locutorio-Central de Teléfonos (que dependía de otros pueblos con más relevancia, patrimonio y también habitantes y casas), una casa de comidas y, finalmente la sucursal de un Banco.
Como se ve, un lugar que no hacía falta visitar porque, en uno u otro momento, tenías que pasar por allí.
En aquel abigarrado hogar crecí y allí aprendí a mirar, a sentir y a querer.
Para contar lo que deseo,  quizá no hubiera necesidad de decir todo lo anterior pero, como de costumbre, mis dedos corren más que yo. Ya está escrito y ahí, entre mis añosos recuerdos, se queda.
Volvamos a los pararrayos para decir que, si en mi casa lo había, era justamente porque los instrumentos y materiales que estaban instalados, exigían una protección especial. Nada más, aunque mi infantil yo, muy orondo, presumiera de ello.
Y debo señalar también, que las tormentas de antes no eran como las de ahora. Sobre todo o especialmente porque la mente infantil agranda y magnifica todo lo que vive, con objeto de prepararse para un futuro que llegará cargado de vivencias. Cuanto más amplio sea el bagaje, tanto mejor.
Tengo memoria de muchas tormentas y temporales pero de dos especialmente. Aunque es posible que simplemente sea porque los miedos fueran más intensos.
Una, sucedió durante una partida de parchís. Nos solíamos juntar en “El teléfono” para  pasar el rato porque, como se puede deducir, el movimiento que había, no impedía gozar del solaz de la compañía o juego. Cuando había tormenta, ese era el lugar de la casa en el que podía suceder cualquier cosa. Comenzaban los ruidos, pequeñas explosiones, calambres y desajustes que el aparato eléctrico impulsaba. No recuerdo quien ganaba, pero lo que si sé, es que de pronto el rayo atraído por aquel (ahora supongo que primitivo aparato) produjo tal explosión, que salimos corriendo como almas que llevara el diablo, cubilete en mano. Según nos contaron, los ojos de pavor lucían en los rostros.
La otra tormenta debió ser todavía más grave, porque se rompieron muchos de los cristales de las ventanas, de la galería y comedor, que daban al patio. Cuatro o cinco de las medrosas mujeres que compartíamos vida y temores, terminamos encerradas en uno de los pasillos interiores de la casa. Todas las puertas cerradas, las luces apagadas, bien pegadas unas a otras buscando una protección, a todas luces inútil y con un rosario en la mano de la más preparada o pía y un: “Por la señal de la Santa Cruz…”, “Misterios Dolorosos del Santísimo Rosario, primer Misterio: La oración de Jesús en el Huerto, Padre nuestro…”
Hoy, que tales devociones reposan, bladamente olvidadas bajo una llave de memoria, descansando quizá de un uso impuesto y excesivo, debo reconocer que el consuelo llegaba como si de un mantra se tratara.
Más tarde supe que, en ambas ocasiones, se fundió la placa enterrada en el patio cubierto por aquella enorme parra que nos sombreaba las comidas veraniegas. La placa de hierro que debiera haber acogido en su calmante lecho, cualquier rayo atraído.
Fueron muchos los rayos y truenos que dejaron huella en mi vida. Y muchas las tormentas de todas clases.

Imagen: By Zuripa, Photobucket.- http://photobucket.com/

31 comentarios:

TORO SALVAJE dijo...

Menudo susto os llevaríais.
Debió ser impresionante.
De todas formas que casa más distraída tenías, seguro que no te aburrías.

Besos.

Dilaida dijo...

Recuerdo esas tormentas de las que hablas, mi abuela le tenía pánico y quemaba laurel y olivo benditos a santa Bárbara mientras rezaba el rosario.
Bicos

Montserrat Llagostera Vilaró dijo...

Las tormentas de Galicia, que bien las describes.

Y cuando vendrían los apagones encenderiais las lámparitas de aceite o petroleo.
Al menos en mi casa así lo hacíamos.

Me encantan estos relatos de tu infancia.

Bicos. Montserrat

AROBOS dijo...

Leyendo tu relato me he retrotraído a mi infancia, que transcurrió también en circunstancias parecidas. Pero a quien se rezaba cuando tronaba era a Santa Bárbara.

Gala dijo...

En mi casa haciamos como dice Arobos, empezabamos a rezarle a Santa Barbara.
Santa Barbara bendita que en cielo estás escrita............

Me encanta leer todas tus historias.

Muchos besos

Manuel Montesinos dijo...

Me hubiera gustado haberte visto corriendo despavoridad con el cubilete en ristre, y con el rosario en la mano. Jajaja

Me encanta.
Un beso.

ana. dijo...

Que lindo pasar por acá y que lleves mi corazoncito a otra época, dónde todo era posible. Yo tengo especial apego a las memorias de mi infancia y las tormentas ocuparon siempre un lugar muy importante, como bien dices por el impacto que provocaban en nuestra alma de niños (aunque ahora me siguen provocando lo mismo) y por otro lado, porque las tormentas a mi pequeño pueblo natal llegaban siempre con un fuerte viento en medio de truenos y relámpagos y tengo en medio de esto la contrafigura de la intemperie: los brazos de mi padre abrazándonos a mi y a mi hermanita menor en el lugar más bajo de la casa (una construcción contigua a la casa original que era de techos muy altos)Ese abrazo, en medio de truenos y relámpagos es la única certeza que tengo del amparo. Gracias por recordármelo. Precioso relato, amiga.
Un abrazo muy fuerte

De cenizas dijo...

El episodio es como para recordarlo...
Hay veces que llevamos una placa parecida en el alma...y los rayos...vienen...


besos

Aldabra dijo...

al leer tus tormentas, también me has hecho recordar alguna de las mías, en concreto, tengo grabado el ruido de un trueno justo al lado de nuestra casa, que en nada se parecía a la que tan bien has descrito en tu texto.

biquiños,

Marisa dijo...

Para esas tormentas
había un pararrayos,
quizás debieran inventar
otro para esas a las
que tú aludes las que
sacuden espíritus
internos.

Biquiños

Argos dijo...

Olá

Gosto de passar por aqui, à noite, depois de jantar.
Há sempre um bom conto, escrito com mestria. Faz-me recordar os tempos em que eu era criança e ia passar férias à Galiza. Quando o tempo estava bom, alguns vizinhos juntavam-se nos bancos do jardim e contavam histórias dos "tempos passados".

Obrigado por compartilhar!

Uma braço

WHO dijo...

Comparto esos recuerdos donde la incertidumbre o mejor dicho la certidumbre del miedo que íbamos a pasar y los estruendosos truenos acompañados de los latigazos de luz, nos acompañaban durante un tiempo infinito a los ojos de un niño.
Un beso, Who.

estela dijo...

Preciosos y entrañables recuerdos! Ruedan por el alma las imágenes que se desprenden de tus letras

Hermoso!

Besos.

Javi dijo...

¡Cáspita! :O) Qué recuerdos más chispeantes y qué agradable mecerse entre las palabras que tejes para describirlos.
Yo tengo recuerdos de las calles del barrio de mi madre, donde me crié y aprendí que la vida era aquello que no ponían los libros de texto.

Un bico.

Chousa da Alcandra dijo...

Dende logo...mira que xogar ó parchís na sucursal dun banco mentras caen chuzos de punta...
Boeno, máis ou menos é o que fan agora; solo que sen parachispas e somos nós quen poñemos o tableiro, financiamos as fichas e temos que arrollarlles o cubilete!. Comer cómennos eles. E contan vinte tamén.

(Terás que perdonarme a trivialidade coa que toquei este post tan intimista, pero...xa sabes que eu son algo traste!)

Un bico coma un lóstrego

merce dijo...

Curiosos recuerdos que nos tocan de cerca, así es, mi abuela siempre llamaba a Santa Barbara bendita..., la cosa se ponia seria y asustadiza.


Besos Fonsilleda

auroraines dijo...

Qué bien lo relatás, te imagino corriendo cubilete en mano, qué susto Fonsilleda!
Un bico

anabel dijo...

Has empezado muy bien,con ese homenaje a Víctor Mora y sus personajes -capitán Trueno, entre otros- Has seguido genial con la descripción. La continuación maravillosa, con esos momentos vividos en las tormentas. Y el cierre, inmejorable: las huellas de rayos, truenos y tormentas.

¡Artista!, qué besote más gordo te dejo :)

Zoe dijo...

Artista , si¡¡¡¡...de eso no cabe duda cada vez que te leo... si yo te contara lo que hacía de pequeña en mi casa cuando había esas expectaculares tormentas , que a mi me parecían el fin del mundo...un día te lo cuento.Basta decir que aprendí a contar para saber cuando se alejaban;-).te imagino en esa casa y e el pasillo e imagino tu cara y la de las demás... como bien dices, muchos son los rayos y truenos y las tormentas de toda clase que zarandean nuestra vida y nuestros recuerdos...pero aquí estás tú, con ellas y a pesar de ellas...¡Rayos y truenos¡
Bicos , bicos

Carmen dijo...

Qué buen relato Fonsilleda!!! Me has hecho estremecer la memoria al recordar mis tormentas aldeanas y a mi abuela quemando olivo bendito y rezando sin parar, mientras que el abuelo, más terrenal, me calmaba diciéndome: "non teñas medo neniña, esto non é nada, hai outras peores".
Cuánta razón tenía...
Mil bicos

Melba dijo...


¡Cuántos recuerdos de la niñez! No conocí al capitán Trueno, pero sí de los rayos, de las tormentas, árboles arrancados de raíz...

Un abraz♥

Angel dijo...

Todo...o casi todo lo aguanto en esta vida....pero los rayos son mas fuertes que yo...no puedo.
Me imagino vuestra situación y me muero del miedo.!!!!

La sonrisa de Hiperión dijo...

Rayos y truenos? Lluvia? noo mas agua no por dios... Que estoy de vacaciones y estoy hartico de agua! jajaja Un placer haberme pasado por tu espacio, aquí ando llevándome dentro tus cosillas...

Saludos y un abrazo enorme.

RosaMaría dijo...

Qué relato entrañable en su primera
parte lleno de cariño a todo y por todos los que allí pasaron íntimos o no. También en la segunda porque esos momentos de terror infantil la compañía adquiere dimensiones mayores por la magnitud del suceso en el grupo. Hermoso y lleno de cariño. Besos grandes.

Omar Magrini dijo...

Muy buen relato, excelente post, muy bueno el blog! Cuantos recuerdos!!! Que lindas historias, en fin...
Muchas gracias por visitar el globo en la luna.
Un saludo.

Omar

Manel Aljama dijo...

Cuesta imaginar una casa que sea droguería, banco y casa de comidas... Lo más parecido que ví fue hace ya casi 40 años en Mura, un pueblecito que ahora es retiro de pintores, un estanco-carnicería
Lo más importante de tu escrito y creo que al final de cuentas, de todo: "En aquel abigarrado hogar crecí y allí aprendí a mirar, a sentir y a querer".. Muy bien descrito, en ese aire intimista y de recuerdos que te acompañany, aunque el entorno se haya esfumado.

salvadorpliego dijo...

Me hiciste recordar algo parecido cuando mi niñez…

Muy buen escrito. Gracias por compartirlo.

Un placer leerte.

EL SUEÑO DE GENJI dijo...

De verdad que a lo largo de una vida sufrimos tormentas, vientos huracanados y hasta algún que otro terremoto.

Pero lo de casi morir electrocutados jugando al parchis...Eso amiga mia es la mejor historia - aunque real - que me han contado.

Bicos ¡¡

Lasosita dijo...

La vida... ésa sucesión de tormentas y espacios calmos entre ellas.

Me encantan tus recuerdos!

Un abrazo, Fonsilleda!

Completamente Gilipollas dijo...

Me encantan las tormentas. Las mujeres saltan asustadas por los rayos y se pegan a mi como si fuese el unico que pudiese protegerlas.
Aprovecho para meterlas mano, por supuesto.

Siempre suyo
Un completo gilipollas

guillermo elt dijo...

Cuando era pequeño, vivíamos en una calle frente al ayuntamiento. Una mañana de tormenta, un rayo entró en casa por el balcón, dió vuelta a la gran mesa de madera del comoedor y salió por donde entró, para ir a parar al pararayos del ayuntamiento. Yo era muy chico, no lo recuerdo, pero así me lo contó mi madre.

Rayos y truenos, tormentas... la naturaleza enfurecida... que así sean nuestros sustos y miedos, no a tormentas del alma.

Besicos.