sábado, 6 de marzo de 2010

DEJA QUE TE CUENTE

Permite que te cuente. Déjame, antes de que mis recuerdos se hayan petrificado; déjame que te cuente antes de que se los lleve el viento cabalgando una ola cualquier día de estío. Acepta que te hable de algunos seres que guarda mi memoria. Deja que te los muestre para que su paso no haya sido vano. Consiente, antes de que su imagen sea propiedad del olvido. Atiende, para que sepas qué eran. Mira, antes de que los días pierdan la esencia de cosas y gentes que fueron.

Aquella Iglesia era de piedra, pequeña, como la de cualquier pueblo de Galicia que no fuera tan antiguo que hubiera merecido un espléndido románico, aunque fuese tardío. No era el caso, teníamos una iglesia típica, un poco convencional sin grandes alardes pero bonita.
El cementerio estaba en el atrio y a los niños solían reconvenirnos si para jugar utilizábamos las losas, pues había que demostrar respeto a los muertos. Recuerdo la curiosidad un poco morbosa que despertó en nosotros, la extracción y traslado de restos al nuevo cementerio.
En las dos entradas al amplio recinto cerrado y cercado por gruesos muros de piedra, había instaladas esas gruesas rejas de hierro que salvaban los profundos, misteriosos y oscuros desagües o sumideros, que a mí me inquietaban porque me parecían una puerta a un desconocido submundo o directamente al infierno con el que nos amenazaban. Como si estuvieran allí a modo de advertencia. Esas rejas, preciosas por otro lado, obligaban a las personas con zapatos de tacón y suela, a cruzar con sumo cuidado, sobre todo si llovía, lo que era "el pan nuestro de cada día".
Pero esta iglesia no era solamente un espacio físico y de culto más o menos hermoso. Era aquel un recinto que, con todo lo que contenía, incluso sus gentes, formaba parte de todos nosotros. Un apéndice de nuestras vidas, como una sala común. Allí nos encontrábamos todos.
Atrás y arriba, el coro, con balconada de madera, con su armonio y, en los actos importantes o misas solemnes y cantadas, los integrantes del propio coro. Aunque nunca fui merecedora de pertenecer al mismo, creo que todavía sería capaz de recordar alguno de los “Kyrie”, “Glorias” u otras partes de cualquiera de las habituales misas en latín, entre las que no he olvidado sobre todo la de Pío X, pero también la de Perosi para días más solemnes.
Abajo, los demás fieles: mujeres y niñas delante, hombres atrás, niños rodeando el altar mayor y arropando a Don Manueliño el cura y a sus monaguillos (casi siempre dos, para ayudar en el arduo trabajo de vestirse, decir misa y anunciar, con los hermosos sonidos de las campanillas, los distintos momentos del sacrificio). Si les dejaban, los niños se iban al coro para escapar de la vigilancia del maestro, algo que,  casi nunca conseguían.
Debajo del púlpito de la derecha, se ponía “Carmen la Monja”; era su espacio y que nadie osara ponerlo en duda u ocuparlo. No era monja, pero así era conocida porque lo había intentado. Parece ser que eso la marcó porque iba, en cuanto a la liturgia se refiere, un poco por libre. Carmen la Monja no hablaba con casi nadie, o lo menos posible, vivía sola, no frecuentaba a su familia y si en la iglesia alguna de sus tradicionales rivales pasaba por detrás, podía estirar un pie con disimulo, provocando una caída o un buen traspiés. Eso era así. También era la primera en tomar la comunión, lo que, desde luego, se entenderá que nadie pusiera en duda.
La “Santa de Toja”, que quizá lo fuera porque no se metía con nadie y era muy devota, silenciosa (salvo por aquel bisbiseo constante que producía al orar) y rezadora, era además, merecedora de respeto porque contaba que, cuando llovía, no se mojaba porque una nube se colocaba justo encima para taparla. También hacía sus liturgias independientemente de los demás. Se movía casi constantemente, bien elevando los hombros en rápidos movimientos o meciéndose y según explicaba cuando alguien le preguntaba, lo hacía así, para acunar a los angelitos o al Niño Jesús, a los que, desde luego, veía. Lo que resultaba original  y proporcionaba a nuestras devociones un carácter único.
Blanquita Varela especialmente, pero sus hermanas también, eran muy pías y buenas personas y ella generalmente dirigía los cantos cuando no había coro. Nunca supe el motivo por el que también dirigía  algunos rezos, salvo que fuera porque, como pensaba la niña que era yo, tenía que estar más preparada que cualquiera pues había pasado por un convento. Su nombre le venía como anillo al dedo porque nunca dejó de usar polvos de arroz y, por tanto, se mostraba pálida, alba, totalmente pura. Tenía buena voz aunque un tanto cursi y en el Mes de las Flores nos preparaba a las niñas para recitar versos ante la Virgen. "A ver Anamari, coloca las manitas en forma de nido”: "Como soy tan pequeñita y tengo tan poquita voz...”. Entonces sí, al comenzar a recitar, tenías que mover las manos para apoyar el texto. Éramos las "Hijas de María" y pertenece al arcano el hecho de que no hubiera "Hijos".
Los domingos, con la misa ya comenzada, entraba la Sra. Elisa de Segundo arrastrando los pies de tal manera, que todos sabíamos que era ella la que llegaba. A mí me parecía viejísima; era silenciosa, enjuta, pequeñita y arrugada. ¿Arrastraría sus pies precisamente para no pasar desapercibida?.
Generalmente, la entrada de la Sra. Elisa,  un estornudo, una tos (ya se sabe que antes los inviernos eran más crudos, largos y, en aquellas casas de piedra en las que todavía no había calefacción, a pesar de las gruesas paredes, el frío se colaba por cualquier resquicio y siempre por las ventanas o puertaventanas de madera), un tropezón de alguien o que algo cayera al suelo haciendo un inusitado ruido en un momento inoportuno (que allí eran todos o cualquiera), provocaba las risas (disimuladas primero pero, poco a poco en franca, aunque sostenida, carcajada) de Carmelita, contagiando a quienes tenía cerca, especialmente a mi hermana Purita. Ambas, desternillándose de risa y medio encogidas (para evitar que se les escapase la orina, según sus propias palabras), tenían que abandonar el rito y salir de la Iglesia hasta calmarse. Por supuesto, con las miradas de reconvención de Carmen la Monja y otras pías mujeres. Carmelita fue, durante años, la encargada de tocar el armonio en los actos solemnes. Lo único que tenían que procurar los demás, era no despertar, bajo ningún concepto, su hilaridad. Si saltaba la chispa, cualquier cosa podría haber sucedido en aquel Coro.
También solía llegar tarde Chefa, la guapa esposa de uno de los médicos. Anunciaba su llegada, con un gracioso movimiento de manos que provocaba el tintineo de sus muchas pulseras,  así como con su magnífico perfume que identificaba su paso. Para envidia general de las mujeres que también apetecían  sus estupendos y prácticos, para el eterno frío invernal, abrigos de pieles. En aquel tiempo sólo ella se podía permitir tantos y tales lujos. Chefa, ha sido la persona a la que le he oído lanzar los *aturuxos más hermosos de toda mi vida.
Los hombres, atrás y menos vigilados, salían a liar y fumar un pitillo, a hablar de política o a comentar los partidos de la tarde, incluso si llovía, mientras duraba el sermón.
D. Manuel y su hermano D. Antonio que tenía una parroquia cercana y  que lo sustituía a veces, vivían juntos y atendidos por una dedicada sirvienta, en una vieja, tipica y maravillosa casa, que el mal llamado progreso ha hecho desaparecer. Tenía unas vistas increíbles, unos pasillos anchísimos, un despacho enorme con librería, montones de libros y papelotes apilados por las abundantes mesas, mucho silencio y la pátina   del tiempo, bien notoria, sobre todas las cosas. Osea, una marcada y polvorienta, pero hermosa, solera
En aquella iglesia algunas mujeres de delicadas rodillas, tenían sus propios reclinatorios forrados, generalmente en terciopelo en colores sobrios. Casi siempre negros, verde oscuro o granates y ahora cada vez que en un anticuario me tropiezo con una de aquellas preciosas piezas, no puedo dejar de recordar lo cómodas que eran y el empaque y prestancia que daban a la persona que lo usaba, distinguiéndola sobre las demás.
¡Cosas de los tiempos!.
Así era y éramos entre la corte de las imágenes: San Roque, La Dolorosa, La Purísima, Santa Eulalia, patrona del pueblo, San Antonio, cuya fiesta se celebraba por todo lo alto, los Sagrados Corazones de Jesús y María y algún santo más. Los magníficos confesionarios de madera y aquel oscuro y tétrico Vía Crucis, colgado en los laterales, que me llenaba de fervor y temor.
Pero quizá y posiblemente por todo eso, todavía tengo el olor del incienso suspendido en mi memoria y sigo escuchando el sonido de su campana que oigo en sus distintos tañidos,  llamadas y avisos. En cada ocasión en la que he tenido que volver a entrar en aquel recinto, que era sagrado, aunque la devoción y temores se hayan quedado en los reductos de la infancia, la emoción empañó mis ojos.
El incienso aromatiza muchas veces mi casa.


*Tendré que explicarte ahora que un aturuxo es un grito fuerte y prolongado característico del folclore gallego, que se lanza, por los que tocan o bailan, pero también por el público para animar y una vez que el ambiente se calienta.

Nota: Publicado con anterioridad aquí y ampliado en Grupo Buho. Someramente rectificado ahora.

25 comentarios:

Paco Alonso dijo...

Encuentro una gran belleza en tus palabras siempre, es un placer acercarse a tu delicado espacio.

Gracias por compartirlo.

Cálido abrazo.

Melba dijo...


Déjame que te lea...disfrutando como siempre tus palabras.

Gracias por la belleza que nos entregas.

Chousa da Alcandra dijo...

É xusto e necesario lembrar, e deixar constancia así, estas cousas que formaron parte de nos.

A miña perspectiva era algo diferente da túa. Claro que será debido a que como son o cura...
;-)

Bicos

Montserrat Llagostera Vilaró dijo...

Hola Fonsilleda: Relatas con tal claridad, que mientras te leia, me iba imaginando los personajes.

¿Eres descendiente de Rosalía de Castro?

Un abrazo y bicos.Montserrat

Lasosita dijo...

Gracias por poner en palabras, esos recuerdos que son parte de tí, con esa deliciosa luminosidad y dulce melancolía!


Saludos, Fonsilleda.

Buen fin de semana!

MIGUEL NONAY dijo...

Un escrito de enorme belleza y en el que describes todo tan bien que no es difícil imaginarlo todo mientras se lee.


Besitos y feliz fin de semana, amiga.

A Salto De Mata

Meiguiña dijo...

Cuentame siempre querida Fonsilleda todo aquello que desees y transportame a otros tiempos otros lugares con tus bellas descripciones

Gracias

biquiños meigos y perdona mi ausencia

Marisa dijo...

Tus relatos siempre
despiertan en mí esos
recuerdos que son
exactamente como los
cuentas,con distintos
nombres pero con las
mismas costumbres.
La fiesta del patrón, todos
de estreno y "la baila"
amenizada por la banda de música después de recogerse la
procesión.

Gracias por traerme estos
momentos llenos de "lembranzas"

Un abrazo grande.

WHO dijo...

Fonsilleda en estado puro, la belleza y serenidad que trasmiten tus palabras unidas a tus recuerdos entrañables, hace que siempre leerte sea reconfortante y evocador.
Un beso, Who.

Albino dijo...

La historia es tan real que yo, que vivo en una zona alejada del asfalto de la ciudad, parece que la estoy viviendo.
Incluso la iglesia es muy parecida a la que esta a 200 metros de mi casa, Santa Eulalia de Lians, en Oleiros, A Coruña.
¿Quieres conocerla? Pues, al margen de que la puedes ver en el google, es la que su utiliza para el rodaje de exteriores en la serie de la TVG "Padre Casares".
Cariños

La sonrisa de Hiperión dijo...

Aquellas iglesias de piedra. Pedro, sobre tí construiré mi iglesia...

Saludos y un abrazo enorme.

TORO SALVAJE dijo...

Primero lo he leído yo.
Después lo he compartido con otras personas.
Creo que es lo más bonito que he leído en muchísimo tiempo.
Tan bien escrito que me ha parecido estar ahí en tu memoria.
Realmente es una maravilla.
Gracias por compartir tus recuerdos y felicidades por hacerlo con tanto gusto.

Mi aplauso para ti.

Besos.

TORO SALVAJE dijo...

Ah, se me olvidó, me recordó a algunos pasajes de Cien años de soledad, de García Márquez, pero mucho mejor aún.

No exagero.

Besos.

auroraines dijo...

Lograste que me ubicara en la Iglesia y diera vida a las personas que nombras, precioso tu recuerdo y como lo relatas.
Los hombres se ubicaban detrás precisamente para salir y dejaban a niñas y mujeres escuchando el sermón
Voy a buscar algo del floclore gallego para oir el aturuxo.
Un cálido abrazo
Bicos

Balteu dijo...

Estupendo relato, como siempre, no me cabe la menor duda de que todo lo que cuentas es cierto, pero si no lo fuera, la forma en que lo transmites lo hace tan real, que de no existir, lo estarías creando.

Un acio de bicos.

paideleo dijo...

Eu nunca fun muito de igrexas pero o teu relato dáme gañas de coñecer unha por dentro cando está en "funcionamento".
Pode ser que algún día me anime.

ana. dijo...

Que hermosa evocación Fonsilleda, esos tiernos recuerdos de la infancia son los que nos alumbran en las noches desamparadas.

Un abrazo fuerte.

Froiliuba dijo...

Leí aquel otro texto escrito hace tiempo, cuando este blog era un espacio casi personal y este nuevo es... fabulosos. Lo supera en mil veces, todos los detalles
todas las sensaciones, compartes y llegan
No me extraña que >Toro diga que es bueno, es que LO ES
muy bueno si señora, creo que de lo mejor que te he leido hasta hoy junto con alguno mas que
por estar en los principios del blog, desconocen muchos de tus habituales.

me descubro meiga, me descubro.

Aldabra dijo...

Nunca fui mucho de ir a misa pero cuando iba a la aldea con mis padres por los patrones(Villarmayor, cerca de Miño, que celebran el Rosario y el San Jorge) asístimamos, junto el resto de la parroquia y en muchos aspectos era tal cual cuentas. Como no solía ir mucho y como era pequeña no conocía a casi nadie pero lo que está claro es que no faltaba nadie. Lo mismo para bodas, bautizos y funerales. Porque en una aldea ir a misa es como si en la ciudad quedaras con alguien a tomar un café.

Una historia llena de recuerdos y de personajes que podrían ser los protagonistas de cualquier novela.

biquiños.

anabel dijo...

¡Cómo me gusta que nos cuentes, que compartas tus recuerdos, que nos traslades con la magia de tus palabras a esos escenarios tuyos del pasado!

Tienes una prosa magnífica, y me encanta leerte.

Gala dijo...

Maravillo relato. Nos han hecho visitar esa iglesia, arodillarnos en esos reclinatorios... vivir tus recuerdos desde dentro.
Perfecta la formade narrarlo.
Felicidades.

Un beso de admiración.

Anhermart dijo...

Eres una excelente cronista de tu tiempo y lugar de origen.
He disfrutado leyendo este texto intimista en el que no juzgas sobre todo lo que describes sino que planteas unos hechos tal cual fueron en épocas pasadas. Me ha resultado agradable la lectura, aclaración y enlace, así como recordar esa geografía que conozco por haber estado en dos ocasiones.
Un beso.

Manuel Montesinos dijo...

Siempre que veo una iglesia, una capilla, estilo románico o no, idefectiblemente te vienes a mi memoria, pues pienso que nadie como tú describiría su historia y anécdotas.
En esta ocasión estoy seguro que habrás disfrutado narrando esta vivencia de tu vida, pues sin duda te habrá traído muchos recuerdos.
Gracias por compartirlos.
Un beso.

Zoe dijo...

Verás ,todo lo que te dicen es cierto, eres como una maga de los recuerdos , como construyes de nuevo cada pieza y a cada persona es algo que me sorprende siempre y no debería ser así porque ya te he leido mucho y sé de lo que eres capaz pero es como si cada persona de tu infancia la hicieras de nuevo para que fuesen gente entrañable para nosotros que no las conocimos pero que gracias a tí parecen pertenecer ya a nuestra propia familia, cada rincón visitado por tus ojos y leido por mi mente se hace mi rincón y mi paisaje y eso no es fácil y es lo que te distingue del resto. Tu memoria y tu capacida de transmitirla de tan maravillosa manera es algo que es soberbio y todo adornado con esa magnifica sencillez, es que eres fabulosa y eso nadie , nadie puede hacerme cambiar de idea incluida tú misma...
bicos hoy elevados a la infinita potencia...

Manel Aljama dijo...

No sé si lo llegué a leer en GB aunque me suena familiar. Probablemente sea por tu bello estilo que me empapa y, aprovechando el fondo musical de los acordeones Madredeus que me traen vientos del Atlántico y me ayudan a ver la escena que pintas, que escribes perfectamente.
Así, salto a la infancia y aterrizo junto a la tapia del cementerio, junto a las leyendas, junto a los desafíos, y a los retos de jugar con algunos restos de la fosa común, con el miedo y con el valor.
Diría que unas hojas, otoñales en primavera, me arrastran gracias a tu lectura hasta el sitio que nos describes.
Bicos