martes, 19 de agosto de 2008

JUGANDO EN LA FERIA

Entre nieblas recuerdo aquella tarde. Entre temores y nieblas grises, aunque todo sucedería, seguramente, en el estío. Y lo deduzco así, porque fueron nuestros juegos y nuestro largo tiempo libre, los que nos llevaron a aquel lugar, provocando el incidente.

Me veo allí con muy pocos años, regordeta, ingenua, crédula, graciosa, miedosa, quizá ya un poquito cobarde y tratando de ocultarme tras las otras niñas (en general todas mayores que yo), casi dispuesta a pasar una noche en las dependencias carcelarias del Cuartel de la Guardia Civil de nuestro pueblo, tétrico siempre. O eso nos parecía a los más pequeños.

Dependencias, pienso ahora, que únicamente se verían ocupadas, muy de tarde en tarde, por algún ladronzuelo probablemente foráneo y ocasional o por algún borracho impertinente e impenitente.

Porque, la verdad, en el pueblo de mi infancia no había apenas delincuencia y los pocos habitantes que lo poblábamos nos conocíamos todos y las puertas de las casas permanecían abiertas siempre para los amigos, que, por otro lado, eran los únicos que se tomaban la libertad de traspasarlas.

Así que todo sucedió en aquellos años de un lejano pasado, en los que, en los pueblos de este rincón situado al oeste peninsular, se celebraban, según su importancia, un par de ferias mensuales para que los campesinos y ganaderos tuvieran ocasión de hacer las transacciones comerciales de compra y venta de ganado, útiles y aperos para su actividad, al tiempo que, sus madres y esposas se aprovisionaban de los productos y artículos que sus aldeas y huertos no les proporcionaban.
Eran días de mucho ajetreo, de muchos ires y venires, de muchas prisas y de gentes que llegaban, cada una como podía: en aquellos coches que las empresas locales tenían dedicados a tales menesteres y que, en esos días, recogían, traían y llevaban contínuamente; venían también a caballo, arreando el ganado que pretendían vender, simplemente andando, cargados con pequeñas jaulas de animales pequeños..., apresurados, pobres y esperanzados siempre.


En el recinto en el que se celebraban estas ferias había una especie de cobertizos o alpendres, algunos incluso muy antiguos y con un relativo valor artístico, con columnas y paredes de piedra y con sus mostradores, también en piedra, que hoy día, en los poquísimos lugares en los que resistieron el (muchas veces mal llamado) avance de la civilización, los valoran y conservan como oro en paño. Otros no tenían tanta prestancia y se limitaban a ser de madera, con sus puertas y candados y a servir para lo que habían sido levantados. Estos habitáculos, aparte de para ofrecer mercaderías, vender y comprar, se usaban también para comer el famoso “pulpo a feira” acompañado del ácido vino tinto de estas tierras y pocas viandas más para las gentes que no regresaban a sus casas porque sus aldeas quedaran alejadas o las que no terminaban a tiempo.
Fue precisamente en uno de estos últimos donde sucedió todo, aunque he de confesar que, a estas alturas, no conozco los hechos más que como simples suposiciones basadas en amenazas.

De pronto esa tarde, aquel bastante numeroso grupo de niñas de distintas edades, siempre dirigidas por las mayores, decidimos darnos un paseo hasta el Campo de la Feria, lo que, para mí, ya era todo un acontecimiento y casi una aventura, pues era un espacio que raras veces tenías oportunidad de pasear.

Estaba a la sazón dicho campo situado en medio de una enorme y bonita robleda, sin casas a la vista y hacia la parte Norte del pueblo.

Nuestros juegos en aquella ocasión, siempre emulando a nuestros mayores, se resolvieron cuando encontramos franca la puerta de acceso a uno de los descritos cobertizos. Así que, entramos y jugamos sintiéndonos mayores y, supongo, accediendo a roles y papeles que, por nuestra edad nos estaban completamente vedados.

Finalizando el juego, regresamos felices después de haber protagonizado otras vidas y nuevos usos.


Y todo fue bien hasta que, pasado uno o dos días (no recuerdo muy bien), mi padre que siempre se prestaba a colaborar con “la justicia” nos llamara a todas las que habíamos intervenido y, suponemos que con la aquiescencia de todos los demás y delante de una temible “pareja de guardias civiles”, nos obligara a acompañarles hasta el Cuartel para hacer frente a la denuncia que habían presentado.


Y allí estábamos, yo encogida y tratando de ocultarme, recibiendo las “duras amonestaciones” que para mí iban a terminar en reclusión.

Todavía es para mí un misterio lo sucedido. Siempre supusimos que los niños, los varones, que andaban como creo que en todas las infancias, a la caza, entraran en nuestro inventado y atractivo “salón de juegos”, una vez que nosotras lo abandonamos y, brutos como eran, montarían sus guerras originando destrozos a diestro y, probablemente, siniestro.
Pero todavía representa más misterio cómo llegó a enterarse La Autoridad y cómo nuestras familias en total armonía y acuerdo, colaboraron de aquella manera con La Justicia.
Supongo que también habrían tenido que pagar los gastos de los “cacharros rotos” a la dueña, a la sazón bruja, egoísta y exagerada.

Y hasta ahí, de momento, se extiende mi vida delictiva, marcada por las amenazas que aquel día nos hicieran en el Cuartel de quedarse con nuestros nombres debidamente anotados para el caso de que se produjera una posible reincidencia que, desde luego, no sería condonada.


En mi descargo y en el de todas nosotras que no reincidimos, debo decir lo que impresionaban aquellos guardias civiles, con sus uniformes verdes, en invierno tapados con grandes capas y tocados siempre con aquellos espléndidos tricornios. Y, muchas veces, con aquellos caballos, fuertes, relucientes y grandes con los que recorrían parroquias y montes.

Fotográfía obtenida en: www.cosasinteresantes.es/soldaditos-plomo.htlm

3 comentarios:

Dante dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
Dante dijo...

Soldaditos de plomo
amigos de aquellos días
nostalgia de jugar solo
aún galopan al cielo
llevándose parte mía
dejando huella en mi vida
camaradas de desvelos.

Hermosa entrada. Abre paso a la nostalgia. Y la nostalgia se queda. Yo tampoco te olvido, corazón. Un beso.

Dante dijo...

El primer comentario, que figura suprimido, fue mío. Por error lo dupliqué y por esa razón lo borré. Disculpame. Un beso.